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lunes, 6 de febrero de 2012

Norteamérica, Cecilia Navesnik


Decime, nena… ¿termina acá la exposición de fotografías? Norma me dijo que había algo nuevo en el centro cultural, y como el oculista me pasó el turno para la semana que viene, me vine para acá. Pero los cuadros son tan chiquitos, y están un poco altos. Con el tema de las cervicales no puedo estar tanto tiempo mirando para arriba. El fotógrafo debe ser un muchacho alto… ¿o es una chica? Si es una chica debe ser altísima. Debe ser como la nieta de Alicia. Qué chica alta ésa, está estudiando bachiller, pero con una especialidad para ser maestra… ¿O era comercial? Todavía no se acostumbra a su altura. Es una altura reciente, comprendés. Está creciendo y todavía no sabe bien cómo manejar el cuerpo. Eso pasa…
Uff… salir a la calle con este calor. Antes no hacía este calor en Buenos Aires, el verano no era tan caluroso, no. En cambio los inviernos eran mucho más fríos. Todos teníamos sabañones en esa época. Vos no debés saber lo que son los sabañones, ¿no? Mejor, nena. Jajajajaja. Yo tendría que ver dónde están los baños, tendría que pasar por el baño antes de volver a mi casa. Son casi siete cuadras, comprendés. Y con este calor voy despacio y me llevan tiempo. Además en el camino tengo que pasar por lo de Ángela. Hoy la llamé y no la encontré, pero ayer cuando hablamos…yo había terminado de mirar la novela cuando hablamos. Esa novela nueva con este chico tan buen mozo, el morocho… ¿cómo es que se llama? Ay…bueno. Es la misma historia de siempre, pero yo me entretengo. Además esas casas que muestran, ¡qué casas! Después la llamo a Ángela, y si no la vio, yo le cuento lo que pasó. Así al día siguiente entiende todo. En realidad no precisás verla todos los días para entender, se entiende igual, pero es mejor si le cuento. Y hablamos de las casas y del muchacho éste.
Hoy cuando pase por lo de Ángela me tiene que dar unas telas que le pedí. Resulta que la hija va seguido al Once y le compra telas. A Ángela le gusta coser. A mí no me gusta tanto, pero algo coso. Y la verdad es que con este calor ir a Once es una locura. Tomar el colectivo… Puedo ir en subte, pero no me gusta mucho el subte. Me siento encerrada, y la gente viene tan agobiada con tanto calor que nadie ofrece el asiento. Son como seis estaciones hasta Pasteur, y ahí tengo que caminar un poco. Prefiero tomarme el colectivo. Pero con este calor… Para ella son las flores, para la hija de Ángela. Porque le pedí que me compre unas telas a mí también y le quiero agradecer el favor. A mí no me gusta tanto coser, pero tengo que cambiar las cortinas del living y está todo tan caro. Éstas hace años que las tengo. Primero tuve las que compramos con mi marido después de casarnos; eran cremita, lo que se usaba en esa época. Pero ésas las cambié hace como quince años ya. Ahora hay tantas cosas nuevas… A la hija de Ángela le pedí a ver si me conseguía algo celeste porque el tapizado que le hice a los sillones tiene un poco de azul. Vamos a ver…
Bueno, nena. Lindas las fotografías, eh. Algunas no entendí bien qué eran, estaban un poco borrosas. Encima me dejé los lentes en casa. Como salí con los anteojos de sol, agarré ese estuche y me olvidé el otro. Pero me gustaron, tenían bastante color. En algunas había gente en ciudades que no parecían Buenos Aires, eso me gustó. Me pregunto dónde serán. Seguro es Europa, o Norteamérica. Qué hermoso…
Vení, tesoro, por favor. ¿No sabés dónde es el baño? Ay… pero qué linda que sos de cerca. Preciosa. Sin los lentes no te veía bien. Jajajajaja. El baño no será subiendo la escalera, ¿no? Si es subiendo la escalera, mejor me siento un poco antes de ir. Por suerte pusieron estos silloncitos acá. Me siento un rato, como en la peluquería. Jajajajaja. Tengo que ir a la peluquería. Le voy a decir a Ángela para ir con ella la semana que viene, el jueves. Ella el jueves puede porque a los nietos los cuida la otra abuela. Ah, no, el jueves no. El jueves tengo oculista. ¿O era el viernes? Bueno, sino le digo a Norma que todavía no tiene nietos y tiene más tiempo. De paso comentamos las fotografías. A ella también le gustó mucho la exposición, sabés. Pero no me dijo nada de los cuadros tan altos... ¿Será Norteamérica? El muchacho que las sacó debe ser altísimo.

Texto: Cecilia Navesnik
Foto: Matías Canelson



viernes, 9 de diciembre de 2011

Cautiverio, Laura Escudero Tobler


Con aliento nauseabundo el amo indica: ¡Quieto! Y somete a la palabra por idéntico procedimiento, a la misma suerte de encierro, entre inútiles signos de admiración. 

Laura Escudero Tobler nació en Córdoba en 1967. Durante su infancia vivió en el Noroeste Argentino, luego en la Ciudad de  Buenos Aires y en 1987 volvió a Córdoba, donde reside actualmente. Publicó cuentos y novelas en colecciones infantiles y juveniles. Recibió premios y distinciones. Su último libro se titula: El rastro de la serpiente.
www.imaginaria.com.ar/2011/07/laura-escudero/

Foto: Matías Canelson


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¡No!, Marcelo Guerrieri


—¡No!, ¡ya te dije que no, Matías! —insistió Andrea— Si tu papá  tanto quiere que sepas cosas de grandes, que te lo diga él. ¡No llorés porque igual...!
Se abrió la puerta del furgón. Primero bajó Andrea con su bici; después yo, con Matías, que lloraba a los gritos. Veníamos del Puerto de frutos donde habíamos comprado unas cañas, incómodas de llevar, atadas a mi bici con una soga. Atravesamos el andén. Matías no paraba de llorar.
Cruzamos la barrera discutiendo con Andrea porque Matías estaba encaprichado y no quería ir con ella. Andrea estaba demasiado enojada como para seguir insistiendo.
—Bueno —dijo, entregándome su bicicleta—. Entonces llevalo vos.
Agarró mi bici y salió andando.
—¡Mala! —gritó Matías, sabiendo que por la distancia su madre no podía escucharlo.
—No le digas así a mamá —le dije, y lo subí al asiento de atrás.
—Barrio chino —respondió Matías, prendido a mi espalda, señalando más allá de la vía.
Arrancamos por la avenida empedrada para el lado de Cabildo. A Andrea, mi bicicleta le quedaba  demasiado alta; por eso pedaleaba parada, complicada también por las cañas atadas al costado. Yo, en cambio, tenía que andar con las rodillas flexionadas todo el tiempo, pegándome los codos contra los muslos. Me costaba mucho maniobrar. Pasó un 80, muy rápido y muy cerca.
—Agarrate fuerte —le dije a Matías, y encaré la bajada.
El traqueteo del empedrado sacudía las cañas. De pronto se desprendió la soga, las cañas cayeron y rodaron hacia el cordón de la vereda. Andrea frenó de golpe y casi se choca contra un auto estacionado.
—Mejor que te lleve mami. Así papá puede ir en su bici. Es peligroso...
—¡No! —se quejó Matías y volvió a llorar— ¡Mamá no!
Lo bajé de su asiento y apoyé la bici contra un árbol. Andrea recogía las cañas y las amontonaba a un costado. Duro como una estatua, prendido de mi pierna, Matías tenía los ojos llorosos clavados en el piso.
Con Andrea armamos el manojo de cañas como pudimos. Después hicimos dos cuadras, callados, caminando por la vereda con las bicis. Matías, sentado en su asiento, refregándose la cara, dijo que para su cumple quería que yo le regalara un gato.
Llegamos a una plaza donde había una feria de artesanías. El sol le daba de pleno al pasto crecido. Como había mucho viento, el pasto alto se sacudía. Atamos las bicis a un poste de la luz y apoyamos las cañas sobre el piso.
Matías salió corriendo para el lado de los puestos. Andrea amagó con ir a buscarlo pero se contuvo. Nos miramos callados.
—Sabés que no es lo mismo que se lo diga yo...
Andrea respondió dándome un beso corto. Y salió corriendo atrás de Matías.
Frente a mí, el pibe de los sahumerios, sentado en posición de loto, meditaba o algo parecido. Se me ocurrió hacer lo mismo, ahí sobre el pasto, el sol en la cara. Crucé las piernas y apoyé los brazos sobre los muslos. Respiré profundo.
Me disponía a cerrar los ojos cuando vi que dos personas venían directo hacia mí: un chico de remera negra, con una biblia bajo el brazo, y una mujer de pelo blanco con unos folletos.
—Hermano —me dijo el chico, que tenía los ojos brillosos y alzaba el brazo con la palma abierta hacia adelante.
—Gracias —le dije, y le expliqué, de la mejor forma que pude, que no estaba interesado.
Insistió. Me contó cómo su fe lo había salvado, que ése era el único camino hacia la gracia...
—Mirá —le dije—. Te agradezco. Se ve que a vos te hizo muy bien. Me alegro mucho por  vos y te agradezco que me ofrezcas tu palabra...
Me preguntó cuál era  el nombre de mi dios. Tardé en contestarle. Le dije que dios éramos todos, y que no hay bien por un lado y mal por el otro, que todos somos uno. Me escuchaba, sonriendo; la mujer, en cambio, me observaba en silencio, el ceño fruncido, seguramente apenada por mis herejías. Finalmente me ofrecieron un folleto. Les dije que no, que no quería el folleto, y les agradecí por la buena voluntad y les dije que, de corazón, me alegraba por ellos y su fe.
Se estaban yendo cuando vi a lo lejos los inconfundibles pelos de Andrea. Se abría paso entre los puestos y venía hacia mí. El sol que entraba por las copas de los eucaliptus le pegaba en los cachetes rojos. Tenía a Matías alzado en brazos. Le estaba dando de comer un trozo de espuma blanca; un bollo acaramelado, de un copo de nieve grandote.

Marcelo Guerrieri
Foto: Matías Canelson


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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Mal augurio, Pablo Martínez Burkett


Este invierno fue malo y creo que olvidé
mi sombra en un subterráneo.
Serú GiránEiti Leda

Un nenito de 10 años llega por primera vez a Buenos Aires. El paisaje es de una abrumadora novedad: el Obelisco, los carteles luminosos, la marabunta de autos; el Cabildo (que luce más chico que en el Billiken); los edificios en racimo contra un cielo opaco. Gente apresurada yendo quién sabe dónde; gente que desaparece en bocas abiertas en las veredas. Buenos Aires es la metrópolis de los túneles. Túneles de la Casa Rosada, túneles del Convento de Santo Domingo, túneles de la Manzana de las Luces, túneles de la avenida Corrientes y la 9 de Julio, túneles del subterráneo. Túneles del mal augurio.
Trato de recomponer aquella epifanía malsana y seguramente ya es una memoria contaminada por otras, pero cierro los ojos y me vuelvo a ver en una escalera mecánica tragado lentamente por una estación de subte. No recuerdo cuál haya podido ser, pero sí que, en lugar de maravillarme, me asalta el horror. Mi tío Hugo intenta calmarme pero preso de un vértigo suicida, me asomo en el andén. A izquierda y derecha, las galerías taladran la oscuridad. Al término de la plataforma, rumores ancestrales zurcen una advertencia. Sé que esto no es un túnel sino las vísceras de un monstruo y estos que pasan a una velocidad inverosímil no son trenes, son un ingenio construido para alimentar con seres humanos a la bestia que habita en el vientre de la ciudad. Súbitamente, se me representa un caracol gigante. Puedo figurarme su viscosa criminalidad, puedo presentir su fétida gula de cíclope.
El niño se hizo hombre y sucesivas capas de urbanidad se encargaron de domar tamaña insensatez y aunque siempre mantuve esa imaginación exuberante, el tiempo la volvió episódica. Supongo que por eso, cuando 15 años después me mudé a Buenos Aires, omití considerar las fantasías engendradas en los túneles. Y no ha sido cosa buena.
Esta mañana, estreno de muchas, aguardaba el subte para ir al trabajo. Frente a mí, una formación empezó a moverse. Era tal el gentío que fue imposible abordarla. En el último vagón un rostro dibujó una mueca atroz contra la puerta, aplastado por pasajeros indiferentes al holocausto. Igual que en mi profecía. Sólo que esta vez, la criatura abominable ya no vive en el centro de la Tierra.

Pablo Martínez Burkett
Foto: Matías Canelson



lunes, 5 de diciembre de 2011

Ya es de noche, José María Marcos


Ya es de noche. Regreso a casa y tiemblo al evocar cierto mito urbano oído al pasar. El día es largo pero está por terminar. Alguien camina a mis espaldas, entre las sombras, persiguiéndome quizás porque no pagué el último café, que espero no sea el último. Marché del Bar La Paz con la idea de suicidarme, pero me arrepentí, y todavía sigo vivo aun sintiéndome muerto. La próxima vez no fallaré y saldré con vida de cualquier intento de muerte. Cancelaré las cuentas y hasta dejaré una buena propina. No sea que existan esos mozos seriales que acorralan a los suicidas que huyen convencidos de que podrán abandonar impunemente sus deudas. 



José María Marcos
www.muerdemuertos.blogspot.com

Foto: Matías Canelson


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Rendidos, Paula Bombara


¿Qué pasó que no viniste? Creí que esta vez ibas a venir. Si hasta pensé en vos cuando metí el gol. Y me subí acá para hacer la mortal cuando te viera. Pensé en caer a tus pies. Quería sorprenderte. ¿Qué habrá pasado?

Te vi buscarme. Te vi dejar que todos se fueran y te vi subir ahí. Sé que me estás esperando y sigo aquí, espiándote. Es que cuando me acerque ya no podré alejarme. Y tengo miedo.


Paula Bombara nació en 1972 en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. Además de escribir y publicar libros para niños y jóvenes, se graduó como bioquímica en la Universidad de Buenos Aires en 1997 y ejerció esta profesión hasta 2004. Ha publicado cinco novelas (El mar y la serpiente, Eleodoro, La cuarta pata, La rosa de los vientos y Solo tres segundos) y varios libros de divulgación científica dirigidos al público infantil y juvenil. Ha participado en numerosos congresos y mesas de debate sobre ciencia y literatura. Además, es la directora de la colección de divulgación científica para niños ¿Querés saber? en Eudeba. Esta última fue destacada como mejor colección de divulgación científica en el año 2004 por ALIJA. Su novela El mar y la serpiente ha sido destacada por ALIJA en 2006 y ha merecido una Mención Especial en la selección White Ravens Notable books 2006 (otorgada por la Internationale Jugendbibliothek München de Alemania). 

Foto: Matías Canelson


sábado, 3 de diciembre de 2011

La cafetera, Alejandro Mendez


La cafetera del piso 12 echa humo, y alguien grita si el café está hecho mientras una aspiradora le impide escuchar al destinatario esa pregunta.
En el piso 6 la secretaria se prepara para bajar a fumar  y revisa su cartera. Mueve la mano de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y pone los ojos en blanco cuando encuentra el encendedor.
El pasillo de la escribanía del decimo piso,  tiene lamparitas de bajo consumo y una telaraña debajo de la placa de bronce que parece continuar el dibujo de las letras con el nombre del escribano.
El encargado de vigilancia de la torre juega con el llavero.
El estudiante de literatura, que trabaja en el call center del último piso,  saca de su mochila un libro y lee en voz alta: Vas en la blanca nube que orlándose de fuego/ de un dios es ya el ala transparente…
El hijo del escribano faltó al colegio, y se entretiene en la salita de firmas con la cámara de fotos. Advierte que las nubes son inmejorables modelos para fotografiar. Elige con criterio lombrosiano aquellas más peligrosas. Bien cerca de la ventana una nube negra toma toda su atención. Sus mejillas enrojecidas contrastan con el humo que asciende vertiginosamente.
Alguien, equivocadamente, llama a los bomberos.

Alejandro Mendez nació en Buenos Aires, el 23 de Agosto de 1965. Tradujo a Francis Ponge El Asparagus (1993).Publicó los siguientes libros de poesía:  Variaciones Goldberg (Ediciones del Dock. Buenos Aires. 2003).    Medley  (Suscripción. Larga distancia. Barcelona. 2003).    Tsunami (Crunch!  editores. México. 2005). Chicos índigo (Bajo la luna. Buenos Aires. 2007). Poemas suyos han sido incluidos en numerosas antologías y revistas, y traducidos al portugués y al italiano. Coordina  la primera curaduría autogestionada de poesía contemporánea argentina: www.laseleccionesafectivas.blogspot.com 
Su blog personal es: www.chicosindigo.blogspot.com 

Foto: Matías Canelson


Desgracia en tres sets, Fernanda García Lao


Saque
Frida y yo exasperamos a la familia. Los gritos y los insultos son materia común en casa. Mi madre es una tenista que tira su revés con potencia. Enseñó a la prole a escupir amarguras y ahora somos imparables. Hoy por fin se decidieron y nos llenaron la valija. Después, la tiraron a la calle. Todos votaron nuestro exilio: Jorgelina con la mandíbula dura, mamá aún en bata y Guillermo, con su cara de satélite fuera de órbita. Nos cerraron la puerta y yo me quedé observando la B, que no brilla nunca. Bajamos con los sentidos palpitando, movidos por manos invisibles que nos empujaban hacia la calle. La ciudad no arde, es mi corazón.
Y de pronto, miro hacia adelante con la certeza del que no tiene nada. 


Efecto lateral
Ella entra y yo espero, confundido entre los autos. El hambre me escarba el cuerpo hasta la nuca. Estar desesperado no ayuda. La espío en su temblor. La sonrisa se refleja y la deforma, como una gacela de vidrio. Cerca de la carne, su animalidad se expande. Es una orquídea sangrienta. Cuando el local queda en silencio, se acerca a su presa y recita el poemita que inventamos para estos casos: una raqueta luminosa/ se ha incrustado en mi pecho. El carnicero entiende y le prepara un paquetito. No es la primera vez. La poesía se convierte en alimento.
Frida es una jugadora inquietante.


Fuera
Subimos al primer vagón y nuestra vida se aleja corriendo. El deseo de fugar nos inflama el apetito. Destrozamos las salchichas y vemos pasar el mundo. La ciudad es una hernia. Mi cuerpo se abrocha a Frida, víctima de una fiebre de felicidad. El ruido de las vías fluye por nosotros como una tenia sucia. El movimiento hipnótico nos deja sin respiración, a los pocos metros. El pánico de la libertad silba oscuro.
La cancha iluminada pierde su contorno. Mamá, Jorgelina y Guillermo desaparecen, impulsados por el movimiento inesperado. Visto de lejos, nuestro juego sobre la alfombra parece inútil.
La distancia nos libera.

Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) estudió periodismo, dramaturgia, piano y actuación. Se formó entre Madrid y Buenos Aires, donde reside actualmente. Ganó los premios Fondo Nacional de las Artes y premio de novela Julio Cortázar en 2004. Ha publicado Muerta de hambre (El cuenco de plata, 2005), La perfecta otra cosa (El cuenco de plata, 2007), La piel dura (El cuenco de plata, 2011), Vagabundas (El Ateneo, 2011), La Faim de María Bernabé (La dernière goutte, 2011).
Invitada a la Fil Guadalajara 2011 como uno de los 25 secretos literarios de América Latina.

http:// fernandagarcialao.blogspot.com

Fotos: Mónica Weissel, Matías Canelson, Walter Canteruccio.








jueves, 1 de diciembre de 2011

Junto al río, Mori Ponsowy




Un hombre está sentado junto al río, y espera. Cuántos hombres antes, con el mismo gesto, esperaron frente al mismo río, junto a esas aguas, que son y no son las mismas. El hombre, también, es y no es el mismo.


El río pasa sin prisa junto al hombre, y calla. Cuántas de esas gotas navegaron otros ríos. Cuántos de esos átomos nacieron en el corazón de otras estrellas. Electrones y protones diminutos, surcando soles y galaxias, recalando un instante en esta orilla, para seguir surcando caudales, sin descanso, acequias, vertientes subterráneas, nubes y, de ahí, de nuevo, a otra ciudad, otro país, otro planeta, en otro tiempo.


Todo fluye, todo pasa, y nadie se baña dos veces en el mismo río. Y, sin embargo, ahora, en este preciso instante del viaje detenido, un hombre está sentado junto al río. Es un hecho. Y el hombre espera.


¿Piensa en el río? ¿Piensa en el viaje del agua desde el principio sin principio de los tiempos? También él, como el río que viene desde lejos, ha llegado desde otro lugar y viene de otras gentes que, como él y como el río, tienen su historia. Tampoco él se detendrá aquí.


La ciudad es un paso, solamente. La vida, un paréntesis entre orillas.




Mori Ponsowy ha publicado el libro de poemas "Enemigos Afuera" (Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del FNA), y las novelas "Los colores de Inmaculada" (Premio de la Diputación de Cáceres) y "Abundancia" (Premio Internacional de Novela Letrasur 2010). Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva). También es autora de los libros "No somos perfectas" (Del Nuevo Extremo, 2006) y "Mujeres políticas y argentinas" (Del Nuevo Extremo, 2009). 
www.unagomadeborrar.blogspot.com/ 

Foto: Matías Canelson