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jueves, 5 de julio de 2012

Frío




Tarde en la madrugada salí al frío, la siberia paciente del balcón, a revivir el espíritu con un trago de la noche filosa como un corto de aguardiente. Estaba demasiado acostumbrado a la modorra de creer saber casi todo de mí. Miré hacia arriba y las estrellas eran tajos que manaban carradas de aire helado, puntadas de una costura que vivimos combatiendo con hogueras heredadas. ¿Por qué acepté? ¿Por qué dije: no? Miré hacia el oriente de los techos y una tropa de nubes fosforescentes volvía de su jornada de exilio. La ciudad va a estar sitiada. Otra vez.

Texto: Julián López
Foto: Sebastián Rocotovich

viernes, 9 de diciembre de 2011

Tribulaciones de un sediento sedente, Ariel Magnus


Muerto de sed (se la pasaba todo el día al sol) se hizo de un cántaro lleno de agua y de un jarro para beberla. Desde cierta altura, con la elegancia de quien no está urgido, empezó a volcar el contenido del cántaro sobre el jarro. Pero si bien el agua no dejaba de correr, el jarro no llegaba nunca a llenarse, ni el cántaro terminaba de vaciarse. En algún momento (dicen que fue de noche) comprendió al fin que era una estatua de mármol sentada sobre una gran roca, y se quedó más tranquilo.


Ariel Magnus (Buenos Aires, 1975) publicó Sandra (2005), La abuela (2006), Un chino en bicicleta (2007, Premio “La otra orilla”, traducida a varios idiomas), Muñecas (2008, Premio “Juan de Castellanos”), Cartas a mi vecina de arriba (2009), Ganar es de perdedores (2010), Doble Crimen (2010), El hombre sentado (2010) y La cuadratura de la redondez (2011).  Es traductor literario del alemán.

Foto: Sebastián Rocotovich


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viernes, 2 de diciembre de 2011

Jardín Japonés, Xtian Rodríguez


“La entrada es válida para dos personas”, insiste la joven detrás del vidrio oscuro. Tardo unos segundos en reaccionar. Giro para buscar con la vista a mi madre y no la encuentro. Detrás de mí siento la fila de personas, impaciente, tensándose como las vértebras del espinazo de un animal prehistórico. Entrego el billete, en un rollito, como un niño comprando caramelos. La joven lo desenrolla y lo estira, pero el billete vuelve a cerrarse como un feto. Me inclino hacia el hueco en el vidrio, para preguntar en voz baja por qué lo de la entrada para dos personas, pero no me salen las palabras. La tensión de la fila detrás de mí me despega hacia un costado, como una espátula.

Encuentro a mi madre bajo la sombra de un árbol, manoseando su celular nuevo. Está cumpliendo hoy 65 años y el teléfono nuevo es el regalo que pidió. Cuando salí del hospital  recibí un mensaje suyo, un largo chorro de letras porque todavía no aprendió a escribir con espacios: solomepermitenunahorateveoenlaentradadeljardinjapones. Cuando bajé del taxi la vi, igual que ahora, en la sombra, manoseando su celular. Entrego le entrada, me aparto para dejarla pasar, para no tocarla, y entramos.

Como es día de semana y son las tres de la tarde, la mayoría de los visitantes son turistas. Además, son todas parejas, todas tomadas de la mano. Ahí comprendo lo de la entrada para dos personas: estoy teniendo una cita romántica con mi madre.

Mi madre. De chico empecé a morderla, luego a golpearla, con mis manos chiquitas como un punzón. En la panza, y cuando no me alzó más, en las piernas. No todo el tiempo, sólo cuando me venía la crisis, que no se de dónde me viene. No lo sé yo, y no lo sabe ningún médico: ningún evento traumático que hayan  podido traer de vuelta en años de terapia. La explicación debe ser biológica, química y, últimamente microscópica: las células de mi cuerpo quieren destruir las células del cuerpo de mi madre. Sus moléculas giran en un spin contrario al mío, y si mi materia y la de ella fuera obligada a comprimirse dentro de un ojiva nuclear podríamos hacer volar por los aires una ciudad.

En vez de desmoronarse, mi madre persistió. No quiso internarme. Es más, se volvió ridículamente pragmática: incluso aprendió artes marciales, para poder parar mis golpes, cuando mis puños se hicieron cada vez más grandes, cuadrados como ladrillos. Cuando no pudo defenderse, contrató un guardaespaldas, que vivía en la casa. Y cuando una de las crisis involucró un cuchillo, no tuvo más remedio que aceptar que me medicaran. De esa época sólo recuerdo mis sueños, amplios y vacíos. Para tratar de recomponer el vínculo que se había roto entre mi cuerpo y el de mi madre, los médicos sugirieron que me acunara mientras dormía. Recuerdo despertarme, narcotizado, en calzoncillos, asustado, a upa, humillado ante la posibilidad de una erección. Mi padre no soportó la insistencia de mi madre y su creciente aislamiento: curarme se había vuelto su desafío personal, su centro, y él la distraía. Se fue y casi nunca más lo vimos.

El jardín es verde y anaranjado, muy poco japonés. Verde de árboles y de agua verdosa y frenada, como plastilina. Y anaranjado de puentes de madera y de peces gordos. Espero a que pasen una pareja de chinos para subir al puente solo, con mi madre. Quiero sentir la madera crujir bajo el peso de nuestros cuerpos, y después bajar. Mi madre quiere detenerse y leer los carteles, convertir esta visita en algo útil, pero yo sigo, no me interesa nada de eso, no quiero información, quiero la sensación. En silencio, sin hablar con ella, ni con nadie.

Nos detenemos unos segundos frente al bonsai. Disciplinar la planta amputándole partes: una lección. Punzar, cortar, drenar, redirigir la savia, vendar, sellar. Y después, cuando nos vamos quedando sin tiempo, apoyarnos los dos contra el borde y mirar esos peces tubulares, anaranjados. Abren la boca y nos miran, giran y vuelven a mirarnos. Abren la boca. Quieren comer, respirar, decir. Todo es más o menos lo mismo. Un acto repetido, un reflejo condicionado, una manera de sobrevivir.

* * *


Texto: Xtian Rodríguez (Merlo, Buenos Aires, Argentina, 1970) Escritor, traductor, docente y analista de sistemas. En el año 2000 tradujo Google al castellano. Desde el año 2002 escribe el blog www.putoyaparte.com. Dicta talleres de escritura breve y lectura de novelas. Colabora actualmente como guionista de un programa de televisión, mientras prepara la publicación de su primer libro.
Foto: Sebastián Rocotovich

jueves, 1 de diciembre de 2011

Como un arcano, Javier Luna



Big Bang o los pases de un Mago (¡abracadabra!): Palermo. De alguna manera se instala Palermo ―¿quién puede tener la verdad? Como Palermo, cuántos planetas en la vía láctea―. Saturno, Júpiter, Parque Chas, Plutón, Neptuno, por ejemplo, y Palermo. Esfera sostenida por cuatro semáforos amurados al caparazón de una tortuga de zoológico; rodeada de anillos de plástico y asfalto. ¡Pero miren!, qué colorido, qué inundado está del caldo primordial, hasta parecen lagunas esos manchones azules.
Se está sacudiendo; es un temblor, un rugido de parto, división, algo que brota y se desgarra. Palerremoto, palermitosis. Se desprenden palermos de Palermo, y más palermos de los palermos anteriores. Lo que antes era unidad ahora se vuelve sistema. El espacio es infinito; no hay límites para la reproducción, pero hay un centro. Palermo Piedra Angular, cuya base planetaria se yergue central y lejana como un eje, como una Torre Oscura que proyecta haces o halos en un sinfín de direcciones, hacia un sinfín de palermos. ¡Pero si desde los miradores que se levantan en cada uno lo pueden ver!: Palermo como un punto de fuga; y por el camino de los haces, autos y malabaristas en una procesión con glam y garbo.
El cuadro se repite en todos los palermos; la imagen se reitera y se recorta: es una carticella de Tarot. El Loco, La Papisa, El Diablo, La Luna, por ejemplo, y Palermo. El arcano intermedio sin artículo, porque Palermo es andrógino, igual que el Mago aquel, el del abracadabra y el Big Bang. ¿Qué dirá de nuestra suerte este triunfo? Ya sabemos que el verde es sensación, el amarillo intelecto, el rojo amor, y el gris la conjunción de todo eso. ¿Quién puede tener la respuesta? Así como Palermo, cuántos misteriosos sistemas de símbolos que ocultan su significado.




Javier Luna, Firmat-Buenos Aires, 1984. Intentó la carrera de Letras al tiempo que apuraba una licenciatura en el área de las Ciencias Económicas. Ha colgado en la pared, también, un diploma de Profesor universitario junto al hueco que espera el de Corrector de textos en español. Su cuento “Los Idiotas” logró el tercer lugar en el Concurso de Relatos Crepúsculo 2009 (editado en la Revista Crepúsculo Nro. 14). El relato "Atardecer naranja” integra la antología Una noche de milonga, editada por la Asociación Argentina de Tango. Tiene inédita su primera novela, Cliché.


Foto: Sebastián Rocotovich