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viernes, 9 de diciembre de 2011

Bar Británico, Franco Vaccarini


Conocí a un viejo en el bar Británico. Era hincha de Racing y estaba enojado con la juventud. Para el viejo del bar Británico, la juventud era una mujer que se había ido con otro, con otros, con los jóvenes. Muchas veces pienso en el viejo del bar Británico, porque lo conocí en los ochenta y él ya tenía más de ochenta.  Quería ver a Racing campeón. Racing hacía veinte años que no salía campeón y él quería verlo campeón antes de morir. Su pelo era blanco, los ojos celestes. Él sabía que yo era hincha de River, pero siempre me hablaba de fútbol, de Racing. De Racing campeón, de Racing en la B, de Racing en crisis.Le faltaba un diente, un incisivo. Era flaco y nervioso. Era hincha de Racing. Yo pensé en él cuando Racing salió campeón en el año 2001. Un año ideal para que un club como Racing saliera campeón. Creo que sólo un rey de las mil y una crisis podía salir campeón de algo ese año. El viejo del bar Británico era querido por todos. Él no quería a nadie. Odiaba a la juventud porque lo había abandonado. Sospecho que nunca vio a su Racing campeón otra vez, salvo que hubiera llegado vivo a los cien años. A lo mejor vive todavía. Estamos en el 2011. Tal vez el viejo vive, no lo sé, yo me fui del barrio. Racing hace diez años que no sale campeón. Y yo hace mil años que no voy al bar Británico. Era un viejo alegre y lleno de vida, lleno de odio. Su odio no era venenoso. Me odiaba porque era joven, aunque un día me guiñó un ojo, me palmeó y me dijo:
–Pibe, un día vos también vas a sufrir. Por eso te quiero.
Justo hoy, que tengo frío y no hace frío. Que River está en la B y Ella no está en ninguna parte; justo hoy me acuerdo del viejo del bar Británico.

Franco Vaccarini
Foto: Ricardo Watson



Posted by Picasa

jueves, 1 de diciembre de 2011

Parque Rivadavia, Franco Vaccarini



El hombre de la foto. El traje, la corbata. Sus hijos. El banco de piedra, la sombra, las farolas y el magnolio o quien sabe qué árbol que no conozco. Eso es lo que veo, aunque enseguida está lo demás. Y lo demás es el Club Italiano donde trabajé por primera vez bajo sueldo y conocí a mi jefa, la señora Catalina. La ascendieron después de treinta años de servicios. Su despacho era diminuto, pero estaba eufórica:
–¡Una oficina para mí sola! – dijo.
Su felicidad era deprimente. Me veía a mí mismo, treinta años después, convertido en la señora Catalina. Todas las cabezas de mis sueños decapitados, reducidas a esa frase de trastornada felicidad:
–¡Una oficina para mí sólo!
El sueldo era aceptable para mis veinte años. Trabajaba ocho horas de corrido. No estaba mal. Mal estaba la señora Catalina. Ella padecía una seria distorsión sobre su aspecto físico. Ella estaba convencida de su extrema delgadez. No era, sin embargo, una mujer delgada. Es difícil describirla, sólo diré que la señora Catalina era para mí la misma Oscuridad, la abominable encarnación de una vida perdida. Cada mediodía, salía del club y me tomaba un respiro a la sombra del parque. Los árboles obedecen, me decía. Yo obedeceré a la señora Catalina. A los diez o quince días, oí como gritaba, furiosa:
–Emilio Canaletti, se casó con una judía y la quiere meter aquí, en el club. ¡Este no es un club de judíos!
Entonces sentí que algo de mi vida se me había escurrido de las manos. La infancia, por ejemplo. La escuela secundaria. Sentí terror de ser adulto, jefe, obeso, antisemita. Caminé hasta el parque sin pedir permiso y bajo la sombra de un magnolio tomé la decisión, crucé la avenida Rivadavia, renuncié.


Franco Vaccarini
Foto: Archivo Ana María Barrionuevo