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viernes, 9 de diciembre de 2011

Ven, José María Marcos


Ven, querido discípulo, a comer y a beber de la Fuente de los Mejores Sándwichs de Costanera Sur. Ven y recuerda lo que dijo Lao-Tsé: “Cuando todos en la Tierra reconocen la belleza como belleza surge el reconocimiento de la fealdad. Cuando todos en la Tierra reconocen lo bueno como bueno surge el reconocimiento del mal”. Ven, querido discípulo, a esta Fuente que, al no exigir nada, nunca perderá sus méritos. Ven, siempre hay tiempo, Lao-Tsé también tiene palabras para el mientras tanto: “Un camino de mil leguas empieza por un paso. Un árbol de veinte brazadas de ancho tuvo alguna vez el espesor de un cabello”. 



José María Marcos
www.muerdemuertos.blogspot.com

Foto: Mónica Weissel


Posted by Picasa

sábado, 3 de diciembre de 2011

Desgracia en tres sets, Fernanda García Lao


Saque
Frida y yo exasperamos a la familia. Los gritos y los insultos son materia común en casa. Mi madre es una tenista que tira su revés con potencia. Enseñó a la prole a escupir amarguras y ahora somos imparables. Hoy por fin se decidieron y nos llenaron la valija. Después, la tiraron a la calle. Todos votaron nuestro exilio: Jorgelina con la mandíbula dura, mamá aún en bata y Guillermo, con su cara de satélite fuera de órbita. Nos cerraron la puerta y yo me quedé observando la B, que no brilla nunca. Bajamos con los sentidos palpitando, movidos por manos invisibles que nos empujaban hacia la calle. La ciudad no arde, es mi corazón.
Y de pronto, miro hacia adelante con la certeza del que no tiene nada. 


Efecto lateral
Ella entra y yo espero, confundido entre los autos. El hambre me escarba el cuerpo hasta la nuca. Estar desesperado no ayuda. La espío en su temblor. La sonrisa se refleja y la deforma, como una gacela de vidrio. Cerca de la carne, su animalidad se expande. Es una orquídea sangrienta. Cuando el local queda en silencio, se acerca a su presa y recita el poemita que inventamos para estos casos: una raqueta luminosa/ se ha incrustado en mi pecho. El carnicero entiende y le prepara un paquetito. No es la primera vez. La poesía se convierte en alimento.
Frida es una jugadora inquietante.


Fuera
Subimos al primer vagón y nuestra vida se aleja corriendo. El deseo de fugar nos inflama el apetito. Destrozamos las salchichas y vemos pasar el mundo. La ciudad es una hernia. Mi cuerpo se abrocha a Frida, víctima de una fiebre de felicidad. El ruido de las vías fluye por nosotros como una tenia sucia. El movimiento hipnótico nos deja sin respiración, a los pocos metros. El pánico de la libertad silba oscuro.
La cancha iluminada pierde su contorno. Mamá, Jorgelina y Guillermo desaparecen, impulsados por el movimiento inesperado. Visto de lejos, nuestro juego sobre la alfombra parece inútil.
La distancia nos libera.

Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) estudió periodismo, dramaturgia, piano y actuación. Se formó entre Madrid y Buenos Aires, donde reside actualmente. Ganó los premios Fondo Nacional de las Artes y premio de novela Julio Cortázar en 2004. Ha publicado Muerta de hambre (El cuenco de plata, 2005), La perfecta otra cosa (El cuenco de plata, 2007), La piel dura (El cuenco de plata, 2011), Vagabundas (El Ateneo, 2011), La Faim de María Bernabé (La dernière goutte, 2011).
Invitada a la Fil Guadalajara 2011 como uno de los 25 secretos literarios de América Latina.

http:// fernandagarcialao.blogspot.com

Fotos: Mónica Weissel, Matías Canelson, Walter Canteruccio.








jueves, 1 de diciembre de 2011

Sin título, Natalí Tentori



Esa noche, antes de aparecer la luna.
Salimos a cazar.
Hacía calor, las luces volaban en el baldío.
El pasto mojado por el rocío y el acuerdo. Lo mire de reojo a ver si cambiaba de opinión. A mí me tocaba correr con la red en las manos.
No.
Empecé al trote.
Fue una noche transpirada.
Me patiné tres veces.
La primera, caí al suelo y las luciérnagas que había atrapado salieron en estallido como un fuego artificial enano.
— ¡Vení! ¡Vení acá! Le grité sacudiendo la red.
Su risa venía de donde se oían los grillos y las ranas.
Seguí cazando, corriendo, ciego, descargando la furia del día, trotando, ojos apretados y velocidad para esquivar a los mosquitos.
Volví a caerme.
— ¡Le ponemos rueditas a tu bastón! ¡Vení que no necesitás patines!
El abuelo lanzó una carcajada incontenible y empezó a golpear el palo contra el suelo. No paraba.
— ¡Me voy a hacer y no tengo pañales! Gritó.
Me mató con esa.
Empecé a hacer como si patinara sobre hielo. ¡Y funcionó! Deslizarse en el pasto mojado era mejor que correr. Hasta que lo escuché cantar. Estaba casi gritando un vals.
Me paré haciendo montoncito con los dedos. Qué es eso.
— ¡El Danubio Azul, para el bailarín!
No aguanté.
¡Qué abuelo!
Pero me gustó.
Le agarré el ritmo.
Seguí patinando como profesional.
Cuando volví al árbol donde él estaba tenía la red llena.


Nos miramos iluminados por la luz amarilla de las luciérnagas.
Los dos.
Sonreíamos.
El abuelo levantó las cejas. Tanteándome.


— ¿Las soltamos? Dije bajito.


Él golpeó la red por abajo.
La abrimos y empezamos a gritarles:
— ¡Vuelen! ¡Vuelen! ¡Vuelen!
Todo se llenó alrededor nuestro. Algunas se nos pegaban a la ropa y al pelo. Parecíamos arbolitos de navidad. Y otras volaban hacia arriba, hacia abajo, en todas las direcciones y en círculos, envolviéndonos.
— ¡Vuelen! ¡Vuelen! ¡Vuelen!


Natalí Tentori
Foto: Mónica Weissel