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miércoles, 30 de enero de 2013

Úrsula




¿De qué te reís? ¿Superestrella? ¿Mujer Maravilla? ¿Reina de la carroza? ¿La que se ganó la rifa? ¿La que pegó el mejor lomo de todas? ¿La caribeña? ¿La ricotona? ¿La morocha? ¿La Negra? ¿La que pinta para revista? ¿La misma que le chupó la pija al profe de gimnasia en la escalera que bajaba al laboratorio de Química? ¿El profe que cuando te acercabas a deletrearle tu apellido daba un pasito hacia atrás para que no lo contagiases? ¿El profe que te quería sacar aunque más no sea buen arquero? ¿El profe que los ponía en fila y les decía “libertad no es libertinaje”? ¿Ese? ¿El que la semana siguiente a la mamada te mató haciendo 100 lagartijas para ver cómo se te metía el lompa en el orto o para castigarte por lo que él mismo te había pedido? ¿Sos vos? ¿El gronchito del curso? ¿El que descorchó con el bastón de un boy scout en el campamento marista del 85? ¿Y ahora? ¿Sos una bandera? ¿Sos chilena o te hacés? ¿De qué te reís? ¿Sos divertida y decís fuck you muchas veces seguidas para usar de una puta vez los siete años de Cultural Inglesa? ¿Cómo dijiste qué te llamabas? ¿Úrsula? ¿Úrsula qué? ¿Úrsula Vargues? ¿Úrsula Andress? ¿De qué te reís? ¿Úrsula sola? ¿Te gustan los nombres pero no los apellidos? ¿No te gusta deletrear apellidos? ¿Te cansa? ¿Preferís solo el nombre, como los huracanes o los tornados? Katrina, Irene, Mitch.
Claro que sí, mi amor. Úrsula también podría ser un huracán.


Texto: Alejandra Zina  nació en Buenos Aires en 1973. Publicó la antología "Erótica argentina" y, en co-autoría, la compilación "En primera persona". Correspondencia argentina en dos siglos. Tiene editado el libro de cuentos "Lo que se pierde". Ha publicado cuentos, notas y reseñas en diversos medios nacionales y españoles. Actualmente colabora en la revista Ñ y en la sección Cultura del diario Clarín. Coordina talleres de escritura en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica y es una de las organizadoras del ciclo Carne Argentina de lecturas en vivo. En 2011 publicó su primera novela, "Barajas", por el sello Plaza&Janés.

Foto: Ricardo Watson es historiador, fotógrafo, cronista de viajes y uno de los Directores de Eternautas.


jueves, 15 de diciembre de 2011

El Trabajo, Cecilia Ferreiroa




Caro me dijo que era mejor tomar el subte. A mí nunca me gustó viajar bajo la tierra. No por claustrofobia. Me preocupaban las toneladas y toneladas de peso de los autos y colectivos que pasaban por encima. Nunca tuve confianza en los arquitectos ni en los ingenieros. Siempre me pareció que si un edificio se mantenía en pie se debía más a una causa oculta o al azar que a la planificación de una persona.

Tenía que atravesar toda la ciudad. Necesitaba la plata, y el trabajo que me había pasado Caro sonaba muy simple. Debía ir a la casa de una persona que me hablaría de sí misma. Mi tarea consistía en escucharla en silencio. Había sido muy enfática en ese punto. Para mí escuchar en silencio era lo mismo que no escuchar. Siempre necesitaba alguna palabra, alguna pregunta del otro que diera cuenta de su atención. Caro no me había explicado nada más. Se había tenido que ir corriendo a no sé qué otro compromiso. Ella siempre estaba a mil y se despedía de mí intempestivamente.

Lo más complicado del trabajo era el viaje. Me resultaba curioso ir tan lejos un domingo sólo para escuchar a alguien. Los trabajos que conseguía Caro siempre eran extraños.

El subte llegó vacío. Dudé al entrar, pero había abierto sus puertas como una invitación. Las luces brillaban. En un momento pensé que quizás me había metido en un tren fuera de servicio. Las estaciones por las que pasábamos estaban igual de vacías. El subte desbordaba de gente solamente los días de semana. Mecánicamente paraba en las estaciones y abría sus puertas. Nadie entraba. Había algo ridículo en eso. Quizás toda la línea estuviera fuera de servicio y nadie me lo había dicho. Decidí seguir mientras el subte siguiera.

Llegué a mi estación y bajé. El subte se alejó lleno de luz. Me sorprendió cuando al subir a la calle, vi una gran masa de gente. En esa zona alejada del centro la gente se agolpaba.

El colectivo daba vueltas por calles irreconocibles por lo similares y anodinas. Su avance continuo tenía algo de inefectivo. No llegábamos más. La ciudad se extiende interminablemente.

Cuando me bajé del colectivo sentí, por primera vez, ansiedad. Me preocupaba no poder escuchar de la manera que debía hacerlo.

Llegué a la puerta. Miré la casa antes de llamar. No había nada raro, nada que pudiera hacer pensar que ahí se contrataba gente para un trabajo tan peculiar.

Llamé. Esperaba encontrar a una vieja solitaria pero abrió una mujer joven. La mujer me llamó Carolina. Cuando iba a aclararle que yo no era Carolina, me dijo que empezaríamos desde ese momento con el trabajo. Me callé inmediatamente. Lo que esa mujer pagaba era la mera presencia, una presencia anónima, sin rasgos o palabras que la particularizaran.

Me hizo pasar a una especie de estudio en el que se acumulaban cosas disímiles. Había libros, plantas, ropa doblada, toallas, yerba, diarios apilados. No parecía ser necesario acumular todo ahí porque la casa era grande, aunque no vi el resto de los cuartos.

Nos sentamos. La mujer no me ofreció nada. Cualquier pregunta motivaría una respuesta. Yo me moría de sed pero tampoco dije nada.

Empezó a hablar. Su voz tenía un ritmo particular. Parecía contar algo que ya había empezado a contar un rato antes, que había estado contando una y otra vez, como un disco rayado. En su mirada había un velo o una profundidad, como alguien que mira detrás de una ventana. Yo había decidido concentrarme en esas cuestiones laterales, y no escuchar mucho lo que decía. Sabía que si prestaba atención iba a ser muy difícil no hacer ningún comentario.

Mientras hablaba, la mujer tenía la mirada perdida. Por momentos me miraba a los ojos. Me daba cuenta de que había dicho algo importante, digno de ser escuchado, pero ya era tarde. No sabía exactamente qué cara correspondía poner, así que dejaba una cara neutra.

Algunas palabras sueltas, sin embargo, había llegado a oír. No alcanzaban para darme una idea de lo que había estado diciendo. Todas me parecían como ese cuarto en el que estábamos: un amontonamiento de cosas inconexas.

En un momento señaló una foto. La foto era de una nena con los pelos dorados, cubierta de barro. Miraba la cámara y sonreía a la persona que estaba detrás. ¿Sería ella misma? Al ver la foto, supuse que todo ese tiempo me había estado hablando de esa nena y en un momento de su relato había querido hacerla más tangible, más real. Quizás era su hija y me contaba la alegría que había sido para ella tenerla. Probablemente algo malo le había pasado. Su tono de voz era triste. Me dio mucha curiosidad su historia, pero sabía que Caro no me perdonaría hacerla quedar mal.

En un momento se levantó. Entendí que habíamos terminado y me levanté también. Al despedirme sólo le hice un gesto con las manos.
La mirada de ella había cambiado. Era más íntima. Supuestamente ahora yo sabía. Ella había contado algo doloroso o terrible, y yo había escuchado sin juzgar.

Antes de cerrar la puerta me dijo: Gracias, Carolina, por escuchar todo lo que te conté; y me extendió un sobre con la plata. Bajé la vista. No pude mirarla a los ojos cuando me fui. Caminé por esas calles extrañas como un autómata.



Cecilia Ferreiroa nació en La Plata. Vivió su infancia en México y el resto de su vida en Buenos Aires. Estudió Letras en la UBA. Da clases de español y de literatura.


Foto: Ricardo Watson



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viernes, 9 de diciembre de 2011

Bar Británico, Franco Vaccarini


Conocí a un viejo en el bar Británico. Era hincha de Racing y estaba enojado con la juventud. Para el viejo del bar Británico, la juventud era una mujer que se había ido con otro, con otros, con los jóvenes. Muchas veces pienso en el viejo del bar Británico, porque lo conocí en los ochenta y él ya tenía más de ochenta.  Quería ver a Racing campeón. Racing hacía veinte años que no salía campeón y él quería verlo campeón antes de morir. Su pelo era blanco, los ojos celestes. Él sabía que yo era hincha de River, pero siempre me hablaba de fútbol, de Racing. De Racing campeón, de Racing en la B, de Racing en crisis.Le faltaba un diente, un incisivo. Era flaco y nervioso. Era hincha de Racing. Yo pensé en él cuando Racing salió campeón en el año 2001. Un año ideal para que un club como Racing saliera campeón. Creo que sólo un rey de las mil y una crisis podía salir campeón de algo ese año. El viejo del bar Británico era querido por todos. Él no quería a nadie. Odiaba a la juventud porque lo había abandonado. Sospecho que nunca vio a su Racing campeón otra vez, salvo que hubiera llegado vivo a los cien años. A lo mejor vive todavía. Estamos en el 2011. Tal vez el viejo vive, no lo sé, yo me fui del barrio. Racing hace diez años que no sale campeón. Y yo hace mil años que no voy al bar Británico. Era un viejo alegre y lleno de vida, lleno de odio. Su odio no era venenoso. Me odiaba porque era joven, aunque un día me guiñó un ojo, me palmeó y me dijo:
–Pibe, un día vos también vas a sufrir. Por eso te quiero.
Justo hoy, que tengo frío y no hace frío. Que River está en la B y Ella no está en ninguna parte; justo hoy me acuerdo del viejo del bar Británico.

Franco Vaccarini
Foto: Ricardo Watson



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lunes, 5 de diciembre de 2011

Basta de Demoler, Agustín Mendilaharzu



Me crié en el barrio de Belgrano, en tiempos en que todavía merecía el nombre de barrio. Mis padres, profesionales entonces jóvenes, compraron ahí una casa enorme y destruida. Con un préstamo del Banco Hipotecario, en una década de lentas obras y gran carestía remodelaron esa casa –sin saber que la estaban “reciclando”. Por aquel tiempo, mis padres nos llevaban a mi hermano y a mí a caminar por ese barrio reconquistado (“como por una recuperada heredad”, después del temporal unánime de la dictadura). Ya entonces, Belgrano era escenario de la batalla entre casas y edificios. Mi padre tomaba claro partido por las casas. Y se preguntaba por qué los arquitectos no tenían algo equivalente al juramento hipocrático que él había tenido que hacer. Por qué no pesaba sobre ellos ese mandato fundamental: Primum non nocere, lo primero es no dañar. Y por qué en un país tan inmenso era necesario demoler para construir.

Ahora tengo treinta y seis años y empiezo, poco a poco, a destilar algo que podemos llamar una obra. Y noto que esa obra está atravesada por una idea, tan vieja como la nostalgia y más vieja aún que el Quijote. Es la tragedia de quienes se saben fuertes, sabios y hermosos, pero son vistos como obsoletos por el mundo, y por lo tanto, descartados y reemplazados sin miramientos. Creo que nada en el mundo me conmueve más que esa imagen.

Hace tiempo que no vivo en Belgrano. Ahí la vieja batalla sigue, pero la balanza se ha inclinado drásticamente. Recuerdo con nitidez cuadras enteras que en mi infancia sólo albergaban casas, y hoy sólo albergan edificios. Mis padres están grandes, y la casa está grande para ellos. Hace poco recibieron una suculenta oferta por la casa; o más bien por el solar, ya que el propósito es demolerla. El barrio cambió, los tiempos cambiaron, y ese caserón ya no se ajusta a ellos. La construcción de un edificio generará inversión, empleo y vivienda para muchas familias. Y yo entiendo todo eso, pero entenderlo no evita que sienta una tristeza infinita. Hemos aprendido que todo documento de cultura es también un documento de barbarie, y que prácticamente toda construcción humana se alza sobre las cenizas de una anterior. Y sin embargo, ¿no es hora de que Buenos Aires ponga freno a esta particular barbarie? ¿No nos arrepentiremos de haber dejado que demolieran así el patrimonio de la Ciudad? ¿No hay, Buenos Aires, mucha justicia y sensatez en las ideas de mi padre?

Agustín Mendihalarzu
Foto: Ricardo Watson

Hawaiian Tropic, María Bernardello


Verito vende oro. Tiene cantidad de clientes. Vende cadenitas y anillos do oro 18 kilates en  tribunales y en un par de gimnasios de Buenos aires. Es oro bueno. La única contra que tiene es que los pagos son en cuotas y después las tiene que ir a cobrar, por eso nos vemos poco y la ayudo con el perro, le compro ropa, la mimo un poco a la pendeja. Es divina y se porta re bien conmigo. Tiene un culo que entra sola. La guacha a veces me hace sufrir por que en la semana nunca tiene tiempo para nosotros. Le ofrecí todo para que se venga a vivir a casa, pero toda su clientela está en capital, y  a ella le gusta el centro. Vive en un departamento con dos amigas. Dos aviones. Yo no sé cómo se manejan ahí las tres, en un dos ambientes de cincuenta metros cuadrados. No sabés lo que son las amigas. Una es ex diablita de independiente y estudia actuación, labura en una revista. La otra es promotora de TC. Ahí no trabaja cualquiera, todas tienen un lomazo y una altura especial.

Ayer fuimos los cuatro a tomar sol a la plaza y jugamos al tejo. Me agarré una calentura que me costó disimular. Las tres son un infierno, una mejor que la otra. Las invité a cenar, pero Verito no quiso, tenía que hacer la venta nocturna por los gimnasios. Rubia, le dije, dale, te llevo a un lugar concheto, vamos a comer sushi a Puerto Madero, a un lugarcito de esos que te gustan a vos.  La pendeja me dijo que no. Prefiere venir a casa y estar con los perros. No le puedo decir nada porque los perros son todo para nosotros. Nos conocimos así. Ella estaba paseando al Polo, cerca de casa. Cuando ví a la rubia en Banfield con ese perrazo, me enamoré. No sabés lo lindo que es el Polo, un Rothweiler bien percherón como me gustan a mí. La seguí a la pendeja tres cuadras al paso con el auto, la torturé a balazos y la invite a tomar un helado. Conectamos en seguida por los perros. Los subí, a ella y al Polo, al BM y fuimos hasta la heladería de Maipú. Me contó que Polo vivía en la casa de su mamá, porque en el depto en Recoleta no había lugar, que vivía con las amigas y blah, blah, blah. Amamos los perros. Después la llevé a casa para que conociera  a  la Wave. Movía la cola como loca. Hizo re onda con Polo. La invité a cenar a La Quintana esa misma noche y la llevé a las Torres del Lago. Me garchó como nadie. Desde ese día el Polo se quedó en casa. Ella va y viene poco en la semana. Si puedo la voy a buscar pero cuando hace la venta nocturna en los gimnasios viene tarde en combie o se toma un remís. Tiene clientes en Megatlón y en Le Park. La guacha es re simpática, vende re bien en ese circuito. Y muere por los perros, como yo, me re banca con el windsurf, es una diosa. Le gusta todo a la pendeja, qué mas te puedo decir? Somos casi una familia. Los perros se llevan bien, tenemos gustos parecidos, cogemos como los dioses y la quiero. Verito es una bestia re cariñosa.

Ayer, después de tomar sol, fuimos hasta la costanera. Me moría por cogerla pero la muy turra me hizo una paja  en el auto con el Hawaiian Tropic y le dije te amo. Me sentí un pelotudo pero la amo, posta. El fin de semana pasado me fue a buscar a aeroparque. No la reconocí morocha. La loca se había puesto una peluca. Es divina. Me tiene embobado. Martín dice que no, que estoy enconchado. Dice que es puta porque cambia de look todo el tiempo y usa lentes de contacto. Esos ojos color miel no son de ella. Parecen de verdad, pero no. Verito tiene ojos celestes comunes.

Después de la paja con el Hawaiian Tropic le di unos mangos. Andate a la peluquería y ponete las extensiones que tanto te gustan y comprate algo lindo, le dije. Me vine a Banfield, ella volvió tarde, después de hacer el circuito gym. La fui a buscar a la parada de combis en Lanús. Llegamos a casa, jugueteó con los perros y me tiró lo del viaje y éste laburo nuevo. Me dijo que empezó a laburar como detective privada de una agencia de investigaciones. Tiene que hacer un viaje al Caribe, a un All Inclusive nudista, para seguir a un chaboncito que se va con la amante. Su objetivo principal es hacerse la amiga de la minita para sacarle información. Un All Inclusive nudista? Me pareció un cuento chino, un verso de acá a Japón, pero me mostró los pasajes y me quedé helado. No me cierra ésto. Vos siempre te enamoraste de las minitas que bailan en los parlantes, me dijo Martín. Siempre con tetonas raras. Eso lo entiendo, pero la de detective privado en un All Inclusive nudista es demasiado.

Al que le gusta puta, putita, me dijo Martín. Bancatelá.

María Bernardello
Foto: Ricardo Watson


sábado, 3 de diciembre de 2011

Plan de evacuación, Rafael Spregelburd


De los restos arqueológicos en Latitud 34° 28' S - Longitud 58° 28' O sobresalen dos construcciones especiales. El conglomerado o “ciudad”, como solía llamarse en tiempos de sus habitantes originarios (que pueden haber sido los “che” o los “patagones”) estaba toscamente diseñado como masas compactas de escombro y se supone que los che arrastraban con gran esfuerzo este pedregullo sobre sus espaldas para construir sus sitios de hibernación. Luego habitaban estos insólitos espacios de manera individual o grupal, pero no social, y crecían tanto como les permitía el polvo que de su propia cobertura escombrosa resultaba; consta que llenaban además el mismo espacio en el que anidaban de sus insólitas pertenencias, como cosas o sartenes. Se trata de asentamientos previos a la aparición de la virtualidad y aún anclados en el ejercicio de la escritura y la acumulación. De la acumulación brindan testimonio las prietas masas de escombro y nylon de helecho fosilizado; de la escritura se conservan raros ejemplares selectos, como el Libro Total de Bucay y el Reglamento Único de FIFA, ambos en proceso de interpretación.
Es evidente que los che planearon su fuga en estas dos oblongas construcciones, destinadas a despegarse de la tierra reseca merced a toscas explosiones de hidrocarburos. Pero otros planes los entretuvieron antes de poder llevar a cabo la tarea de evacuación.
La civilización no despegó jamás. Los motivos que los entretuvieron son, no obstante, objeto de estudio exhaustivo y de sorpresa.

Para información adicional, ver también: “Comedores de cadáveres bovinos”, “Claudia Lapacó” y “El sitial del Banchero”.

Rafael Spregelburd
Foto: Ricardo Watson


Desgracia en tres sets, Fernanda García Lao


Saque
Frida y yo exasperamos a la familia. Los gritos y los insultos son materia común en casa. Mi madre es una tenista que tira su revés con potencia. Enseñó a la prole a escupir amarguras y ahora somos imparables. Hoy por fin se decidieron y nos llenaron la valija. Después, la tiraron a la calle. Todos votaron nuestro exilio: Jorgelina con la mandíbula dura, mamá aún en bata y Guillermo, con su cara de satélite fuera de órbita. Nos cerraron la puerta y yo me quedé observando la B, que no brilla nunca. Bajamos con los sentidos palpitando, movidos por manos invisibles que nos empujaban hacia la calle. La ciudad no arde, es mi corazón.
Y de pronto, miro hacia adelante con la certeza del que no tiene nada. 


Efecto lateral
Ella entra y yo espero, confundido entre los autos. El hambre me escarba el cuerpo hasta la nuca. Estar desesperado no ayuda. La espío en su temblor. La sonrisa se refleja y la deforma, como una gacela de vidrio. Cerca de la carne, su animalidad se expande. Es una orquídea sangrienta. Cuando el local queda en silencio, se acerca a su presa y recita el poemita que inventamos para estos casos: una raqueta luminosa/ se ha incrustado en mi pecho. El carnicero entiende y le prepara un paquetito. No es la primera vez. La poesía se convierte en alimento.
Frida es una jugadora inquietante.


Fuera
Subimos al primer vagón y nuestra vida se aleja corriendo. El deseo de fugar nos inflama el apetito. Destrozamos las salchichas y vemos pasar el mundo. La ciudad es una hernia. Mi cuerpo se abrocha a Frida, víctima de una fiebre de felicidad. El ruido de las vías fluye por nosotros como una tenia sucia. El movimiento hipnótico nos deja sin respiración, a los pocos metros. El pánico de la libertad silba oscuro.
La cancha iluminada pierde su contorno. Mamá, Jorgelina y Guillermo desaparecen, impulsados por el movimiento inesperado. Visto de lejos, nuestro juego sobre la alfombra parece inútil.
La distancia nos libera.

Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) estudió periodismo, dramaturgia, piano y actuación. Se formó entre Madrid y Buenos Aires, donde reside actualmente. Ganó los premios Fondo Nacional de las Artes y premio de novela Julio Cortázar en 2004. Ha publicado Muerta de hambre (El cuenco de plata, 2005), La perfecta otra cosa (El cuenco de plata, 2007), La piel dura (El cuenco de plata, 2011), Vagabundas (El Ateneo, 2011), La Faim de María Bernabé (La dernière goutte, 2011).
Invitada a la Fil Guadalajara 2011 como uno de los 25 secretos literarios de América Latina.

http:// fernandagarcialao.blogspot.com

Fotos: Mónica Weissel, Matías Canelson, Walter Canteruccio.








viernes, 2 de diciembre de 2011

Robocop, Carlos Ríos


Ellos venían siempre por Juncal, los martes y los miércoles, a veces los jueves, nunca los fines de semana, me daba cuenta porque desde el departamento se escuchaba un zumbido de abeja que después se hacía más grande, como el que hace una roldana cuando lleva el balde vacío hasta el fondo del pozo, entonces le decía a mi hija nena haceme un favor, poné agua en la olla que ahí están de nuevo, les voy a dar de comer, y ella me respondía otra vez con lo mismo, mamá, no me hagás pasar vergüenza porque acá no estamos en el campo, no te das cuenta que a esos pibes no los quieren, se la pasan molestando y rompen las baldosas y las plantas. Cuando a mi hija le tocaba ir al hospital de tarde me hacía una panzada: antes de que ellos llegaran les cocinaba, sacaba los platos a la calle, me fijaba que no anduviera algún perro entrometido y después me quedaba a espiarlos, haciéndome la distraída, me gustaba ver como primero esquivaban los platos, hacían maniobras como de circo, y en un ratito zás, levantaban los pancitos de polenta y se los llevaban a la boca sin bajarse de sus tablas, era una fiesta verlos. Hasta les ponía nombres: al de musculosa roja y anteojos que regentaba a todos le puse Robocop, me daba risa que siendo tan flaquito se hiciera el dueño de la calle, eso que era el que más veces se caía.

Carlos Ríos
Foto: Ricardo Watson

Instituto Sanmartiniano, Daniel Link


¿Qué relaciona estas dos fotos? Un nombre propio y una idea que se desliza (patina) a lo largo de una serie de visibilidades sin sujeto (no sé quién tomó las fotografías ni para qué lo hizo). Lo visible, en todo caso, está ya allí como una propiedad de las cosas y los cuerpos, reverbera en una especie de salmodia (no, salmodia no: rapsodia) que nos interpela.

El nombre propio es San Martín, que designa tanto a la plaza donde un cuerpo se ha abandonado a la caricia de la luz y al interior de un teatro construido con formato de banco, atravesado por las mismas luminancias: cierta modernidad burbujea en esas dos vistas aparentemente tan distintas (sin cuerpos visibles o con un cuerpo aposentado) pero que participan de la misma vibración o, tal vez, de una experiencia de presente en la que no hay tanto una afirmación de la materia sino una captura de un corte móvil temporal (tanto en el gesto displicente del que, porque sabe que lo tiene todo, puede abandonarse a la nadería, como en el rigor formal de una escenografía que señala la ausencia que la constituye, subrayando el personaje conceptual que no aparece: el dinero).

Ese tiempo vacío (el tiempo que se pierde, el tiempo perdido) nos devuelve a una dimensión de lo viviente donde los edificios y los cuerpos no se explican por lo que contienen (no hay exteriorización del ser interior) sino por el modo en que han durado y por cómo nos arrastran en su duración.
  
Daniel Link
Fotos: Gabriela Baldomir / Ricardo Watson


jueves, 1 de diciembre de 2011

En medio de la ruta, Alejandra Zina



Querida Claudia. Gorda. Clau: Me voy. Hace días que vengo pensando. Mejor dicho meses. No tantos. Ponele cinco, seis. En realidad lo que pasa es que no puedo dormir. A la madrugada vengo para el living sin prender las luces. Pongo la tele bajo y veo películas empezadas. Ayer agarré El guardaespalda. La parte en que Kevin Costner se lleva a Whitney Houston a su casa. Ella se pone a jugar con el sable y él para que se deje de joder le saca el pañuelo del cuello y lo tira sobre el filo. La espada estaba tan afilada que la tela se corta en dos pedazos perfectos.
No me imagino viviendo sin vos y sin los chicos. Tampoco sé cómo seguir con vos y con los chicos. El otro día en el bar se lo conté a Mario. No a todos los muchachos, solo a Mario. Él me dijo que había momentos en la vida que son como quedarse sin nafta en medio de la ruta. Entonces tenés que agarrar el bidón y salir a buscar adonde sea porque estar parado de noche en la ruta llama a la tragedia.
Te dejo lo que hice esta semana. Es todo lo que tengo. Cuando me instale y consiga otro trabajo te mando más.
Un beso a los tres.




Alejandra Zina  nació en Buenos Aires en 1973. Publicó la antología "Erótica argentina" y, en co-autoría, la compilación "En primera persona". Correspondencia argentina en dos siglos. Tiene editado el libro de cuentos "Lo que se pierde". Ha publicado cuentos, notas y reseñas en diversos medios nacionales y españoles. Actualmente colabora en la revista Ñ y en la sección Cultura del diario Clarín. Coordina talleres de escritura en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica y es una de las organizadoras del ciclo Carne Argentina de lecturas en vivo. Recientemente publicó su primera novela, "Barajas", por el sello Plaza&Janés.


Foto: Ricardo Watson