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viernes, 2 de diciembre de 2011

La Guardiana del barro, Juan Guinot





La pequeña baja del cielo.  Al amparo de la ceguera porteña, se mueve con la velocidad de un colibrí. En el barro, juega al equilibrio, a no meter la punta de su zapatilla adentro del charco. El agua sucia le espeja una sonrisa.
Solo los niños la pueden ver. Ella les hace sus juegos de acrobacia en el orillo del charquito. Los pequeñitos, amarrados a sus coches o engarzados a los dedos de los mayores, tironean para ir al barro. La reprimenda les cae encima, un grito tronante y helado los paraliza: “si te ensuciás, te mato”. Los zapatos de los mayores enfilan, a paso marcial, hacia las vueltas de la calesita, el refrito del pelotero del McDonald´s o el sopor de la tele de casa.
La pequeña, con igual suerte, insiste con sumar a su juego a cuanto niño pasa. Pero la tarde discurre, el sol naranja está a punto de ser exprimido entre las torres y la pequeña sabe que llega la hora de partir. Imprime en el barro su pisada, piensa en las piruetas que hará, en un nuevo pedacito de barro, cuando el sol despunte en las azoteas de los edificios, al otro día. De regreso al cielo, el charquito recibe su lágrima.
Los destellos del alumbrado público ensombrecen el regreso a casa. El oficinista, el profesional liberal, la maestra de grado, el científico descarriado, el matemático obtuso, el abogado del usurero, el bibliotecario sombrío y hasta el amarrete operador de bolsa, todos pasan cerca del charquito, ven la pisada en el barro que dejó la pequeña, pero hacen como que no, aceleran el paso, reencauzan su marcha en la firmeza pulcra de las baldosas. No vaya a ser cosa que, en el terreno jabonoso, jueguen al equilibrio que, hace tiempo, les enseñó la Guardiana del Barro. 

Juan Guinot
Foto: Taller Villa 20 (coord. Pablo Vitale)

Musashi, Tomás de Vedia


Soy el líder del grupo que va a salvar a
este barrio, que va a salvar a
todos los barrios
de la malaria y
 la angustia que
provoca estar aburrido. ¿O qué?
¿Se creían que veníamos
 a hacer el bien?
Ya fue esa lucha innecesaria
 entre el bien y el mal, eso es lo que
 nos vuelve locos, lo que nos desespera,
como a Kiko y es así que siempre termina
llorando contra la pared de la vecindad.
De esa campaña a favor de la locura
algo aprendimos y nos pusimos a investigar
 a los grandes guerreros de la historia
 para copiar su tenacidad a la hora de lucha.
Porque lo nuestro
es una lucha versus la cara de orto.
Entonces, surfeando los tremendos sitios en Internet
dimos en Wikipedia con la historia de los Samurai.
Y lo único copado que sacamos de
ellos eran sus disfraces.
Nos resultaba muy
caro hacernos esas armaduras.
Usaban cosas de metal, de cuero y
nosotros queríamos algo
que nos permitiera bailar.
De karate no sabemos un pomo;
Lo que hicimos fue poner un par de videos de
Jackie Chan, el mejor bailarín de ésta era
y nos pusimos a practicar
 en frente de la tele
con el resto de los muchachos.

Esto también es para ustedes,
punteros,
artífices del desencanto social,
gestores principales de las epopeyas para sacar ventaja.
Con nosotros se acaba la mufa
y por ahí
 les den menos bola.

Es a nosotros a quienes harán los monumentos en el futuro,
y si los hacen, por favor tomen nota:
que no sean de bronce,
que sean de algo no afanable, de cajas de vino y
de telas de colores compradas en el Once y en Flores.
¡Como añoro el día en que un wachín
 a la hora de elegir su profesión
 se incline por entrar en nuestra murga que no paga
 ni con fiambre
 pero es probable que te curtas
alguna mocita en las fiestas a las que vamos!

También animamos bautismos y Bar-Mitzvah.

Tomás de Vedia
Foto: Taller Villa 20 (coord. Pablo Vitale)


El Puente, Gustavo Nielsen


- Los sicópatas como usted no tienen empatías -dice la doctora, para disociarme de un plumazo del resto de los internados. Y agrega: -La empatía está regulada por los grupos y sus conflictos.
- ¿Puede enseñarme a tener empatías?
No me contesta. No quiere, o no sabe. Después de un silencio, dice:
- Los seres humanos formamos grupos. Los humanos sanos –remarca la palabra-.  En esos grupos podemos sobrevivir o triunfar. O, simplemente, existir, que es lo que hacemos casi todas las personas: ver pasar la vida desde un puente.
Se disculpa un momento para atender su celular. Sale al pasillo. Los otros internados me miran con asombro. Nadie antes se había animado a hablarle a la doctora. Abro la ventana y salto por el hueco. Corro cuadras y cuadras, mirando hacia atrás.
Ahora, en un descanso, no sé qué tanto sucede con estos coches que van por debajo de mis pies. Son una manada veloz de hierro y carne. Estoy detenido en mitad del recorrido que une el Bellas Artes con el Centro de Exposiciones donde se hacía la Feria del Libro cuando yo era chico. Conozco el lugar. Los libros también son entidades que van en grupo. Al menos lo fueron dentro de esos galpones, en mi época de felicidad.
El puente se llama César y se apellida Janello. Como si fuera una persona, alguien importante, de esos humanos que triunfaron en su grupo. Me apoyo en la corta baranda para asomarme. No me parece que yo sea el sicópata que dijo la doctora. Los coches tampoco tienen conexiones entre sí. No hay empatías de unos con otros. Están solos, aunque aparenten ir en yunta.
Viajando sobre el espejo mojado de la noche.

Gustavo Nielsen
Foto: Ayelén Amorín 


Verdades, Sebastián Basualdo


Casi siempre se ocultan verdades a un hijo.
Muchas veces, también, confesamos verdades innecesarias.
Verdades que deberían mudarse con nosotros cuando morimos.
Hay verdades que parecen adelantarse a la confesión
y se impregnan al aire, urgentes.
Afloran de una verdad  enterrada hace muchos años
y nadie puede impedir que reverberen filosas.

Hay verdades como una tarde de fin de siglo.
Noches acurrucadas donde la luna posa desnuda de verdades
para hombres inmunes a los arrebatos del olvido
para mujeres cuyo destino fue parir
ante los ojos de una ciudad desbastada por el odio.

Hay verdades incompletas.
Inmortales verdades que dibujan nuestra última mañana en el mundo  
Verdades que se heredan y otras que mueren desnutridas
como un fruto arrancado por la lluvia

Verdades como un astro luminoso y errante
ráfagas que incendian nuestra vida y arrastran su furia
como caballos buscando a ciegas el galope
                                                               
Porque saltan generaciones algunas verdades,
Nacen un día para recordarte de dónde venís realmente.

Sebastián Basualdo
Foto: Ricardo Dokyu


Los primos, Jimena Repetto


Somos cinco. En la foto parecemos amigos, pero si se mira de muy cerca se nota que algo tenemos en común. Julián le sonríe a Julieta. Yo estoy atrás, retrasada. Lo que más me acuerdo de ese día es el parque. Porque era la primera vez que iba y porque mi tío me dijo que ahí vivía un fantasma. Para mí, desde ese momento, fue el parque de la decapitada.
         En ese encuentro aprendí una cosa: con mis primos nos parecíamos, mucho. Otra más: no es recomendable andar en karting con vestido: se pierde velocidad y cualquiera te gana. A mí me ganaron todos, y eso que yo era la más grande.
         Después de ese día que llamamos “el encuentro internacional de primos”, casi no nos vimos más. No teníamos teléfonos para llamarnos, no sabíamos dónde vivíamos. Así que durante muchos años, en mi cabeza, todos nosotros estábamos todavía ahí, dando vueltas imposibles viendo quién alcanzaba a quién.
         La primera pregunta que me hago es por qué decidieron que nos teníamos que reunir ese día. En parte, supongo, fue más fácil delegarnos la consolidación de la familia. Un plan perfecto: aunque entre los 4 y los 7 años se complica muchísimo extender una amistad sin teléfonos ni casas cercanas, la memoria hace maravillas fijando imágenes y parentescos. Así, en una tarde, nos convertimos en primos perfectos, de esos que son tantos que alcanzan para jugar a la mancha, enloquecen a un heladero consultando todos los gustos, liberan a un perro atado a un árbol para que su dueña lo persiga, se trepan al monumento más alto de lo que pueden y tocan una punta del cielo con irreverencia; primos de los que saben que son todopoderosos en ese instante perfecto en el que se corren en bajada para alcanzar un primer puesto a pedales. Nosotros hubiéramos sido capaces de hacer guardia frente a la Iglesia hasta que llegara la decapitada: ése fue nuestro plan. Pero nuestros padres tenían otros y ahí nos despedimos con la promesa de volvernos a ver pronto. Dentro de un mes o la semana que viene. Pasaron años.

         Los cinco que estamos en la foto nos duplicamos. Nació mi hermano Nicolás. Nacieron Gaia, Vaine y Michay. Cata creció tanto como para andar en karting. En verdad, todos crecimos. Y como corresponde a gente crecida con un trabajo estable, un departamento con expensas, parejas, mascotas, una tarjeta de débito, plantas sin regar y urgencias, muchas urgencias, seguimos adelante. O algo así. A veces es fácil olvidarse de la existencia de otros. O suponer que están bien. Porque siempre es lo más fácil de suponer.
         Mientras, volví al parque millones de veces. Puedo enumerar las principales causas: una primera cita fallida debajo de los faroles; una primera cita exitosa debajo de los faroles; comprar vestidos en la feria para un corto; escuchar tocar a mi hermano en las escalinatas; visitar el museo; pedir un kilo de sambayón en la heladería de enfrente; esperar el colectivo que va a La Boca; el que va a Quilmes: pasear a mi perra.
         No me acuerdo de haber visto a los kartings otra vez. Puede ser que por eso, en cierta forma me olvidé del “día internacional de los primos”. Lo que sí, durante muchos años me acordé de la historia de la decapitada sin tener referencias de quién me la había contado.
         Hace un mes, por Facebook, me escribió mi primo Julián. En la foto, a la izquierda, peleando el puesto con Federico. Y todos nos reencontramos, salvo Nicole -por cuestiones estratégicas se le complicaba el vuelo-. A dos cuadras del parque vive Julián y es músico como Nicolás. Yo vivo a veinte.
         Comimos pizza, tomamos cerveza, hablamos de discos, de nuestros gatos, de los primos que no pudieron llegar. Nos presentamos nuestras parejas. Y así, llegamos a la decapitada. Mi hermana sacó el tema como un cuento urbano y Julián le hizo recordar los kartings y la tarde en la que a Federico se le cayó el cucurucho. Eso yo no me lo acordaba. Hay una foto, dijo alguno. Y verla fue la evidencia del paso del tiempo: del otro lado están nuestros padres a nuestra edad; y de este lado, nos miramos con la complicidad de amigos que se reencuentran en un camino de Siberia sin saber cómo llegaron a donde llegaron -tal vez un plato volador-.
         Ahora somos amigos de Facebook, vivimos a pocas cuadras, y los cinco sabemos que la decapitada existe. O eso le vamos a decir a nuestros hijos, para que se lo digan a los suyos. Porque los primos, además de correr carreras, fundan sus propios mitos. El nuestro empieza en una tarde de los ochentas cuando en Lezama había kartings y la decapitada esperaba la noche para deambular sin sol.

Jimena Repetto
Foto: archivo Familia Repetto



de espaldas al río, Ricardo Romero

Más de una vez he escuchado decir que esta ciudad vive de espaldas al río. Hay algo de cierto en esa afirmación, aunque, yo que vengo de una ciudad como Paraná, en donde el río es tan parte de ella que tienen el mismo nombre, la presiento incompleta. Sí, Buenos Aires parece estar de espaldas a esa planicie marrón que sin embargo la conecta con el resto del mundo. Lo he comprobado al recorrer pescaderías. En cualquier lado se puede conseguir un abadejo, un salmón, un kilo de langostinos, pero conseguir pescado de río es casi imposible. Sacando algunos sábalos opacos y chicos, apenas se pueden conseguir algunas bogas, algunos dorados de menos de dos kilos. El surubí, el tigre del río, el cachorro más preciado, llega en rodajas. Una tristeza. Y ni hablar de la cantidad de gente que escucha estos nombres y los piensa exóticos, ajenos.  En una ciudad donde uno puede encontrar comidas de todas partes del mundo, los frutos del río se esconden en rincones de privilegio: hay tanta distancia en ellos como en un curry de Tailandia.

Pero hay otras percepciones más sutiles que lo confirman. En las calles de Buenos Aires, el río no se huele. Un amigo paranaense me dijo hace años que él no podría irse de Paraná porque extrañaría el olor del río. Yo, para mis adentros, me dije que esa era una excusa pobre para justificar el hecho de que no se animaba a aventurarse en otros lares. En ese momento yo era demasiado joven y creía que la aventura estaba en otra parte. Ahora sé que está en todos lados. Ahora, además, después de vivir nueve años en Buenos Aires, cuando vuelvo a Paraná siento el olor del río. El olor del río y la tonada de la gente, cosa que creí tampoco existía… El olor del río y la tonada de la gente. ¿Cuál es el hilo invisible que une estas dos cosas?
Remanseo y vuelvo. Retomo.

Buenos Aires es una ciudad que está de espaldas al río, dicen. Yo digo lo mismo. Pero también arriesgo que, tal vez, el Río de la Plata está de espaldas a la ciudad. No por desprecio o rencor. No por indiferencia. Es su naturaleza. Para verle la cara al río, se me ocurre, hay que ver la otra orilla. Hay que tener en los ojos la certeza de que se lo puede cruzar. Porque en realidad el Río de la Plata no es una planicie sino una curva que llega hasta el horizonte, una espalda erizada. Entonces, tal vez: espalda con espalda, la ciudad y el río inventan formas imposibles de amarse. Hacen un solo monstruo en el cual perdernos.  Porque, después de todo, Buenos Aires tampoco tiene orilla.


Ricardo Romero Mussi
Foto: Pablo Garber


Instituto Sanmartiniano, Daniel Link


¿Qué relaciona estas dos fotos? Un nombre propio y una idea que se desliza (patina) a lo largo de una serie de visibilidades sin sujeto (no sé quién tomó las fotografías ni para qué lo hizo). Lo visible, en todo caso, está ya allí como una propiedad de las cosas y los cuerpos, reverbera en una especie de salmodia (no, salmodia no: rapsodia) que nos interpela.

El nombre propio es San Martín, que designa tanto a la plaza donde un cuerpo se ha abandonado a la caricia de la luz y al interior de un teatro construido con formato de banco, atravesado por las mismas luminancias: cierta modernidad burbujea en esas dos vistas aparentemente tan distintas (sin cuerpos visibles o con un cuerpo aposentado) pero que participan de la misma vibración o, tal vez, de una experiencia de presente en la que no hay tanto una afirmación de la materia sino una captura de un corte móvil temporal (tanto en el gesto displicente del que, porque sabe que lo tiene todo, puede abandonarse a la nadería, como en el rigor formal de una escenografía que señala la ausencia que la constituye, subrayando el personaje conceptual que no aparece: el dinero).

Ese tiempo vacío (el tiempo que se pierde, el tiempo perdido) nos devuelve a una dimensión de lo viviente donde los edificios y los cuerpos no se explican por lo que contienen (no hay exteriorización del ser interior) sino por el modo en que han durado y por cómo nos arrastran en su duración.
  
Daniel Link
Fotos: Gabriela Baldomir / Ricardo Watson