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viernes, 2 de diciembre de 2011

Los primos, Jimena Repetto


Somos cinco. En la foto parecemos amigos, pero si se mira de muy cerca se nota que algo tenemos en común. Julián le sonríe a Julieta. Yo estoy atrás, retrasada. Lo que más me acuerdo de ese día es el parque. Porque era la primera vez que iba y porque mi tío me dijo que ahí vivía un fantasma. Para mí, desde ese momento, fue el parque de la decapitada.
         En ese encuentro aprendí una cosa: con mis primos nos parecíamos, mucho. Otra más: no es recomendable andar en karting con vestido: se pierde velocidad y cualquiera te gana. A mí me ganaron todos, y eso que yo era la más grande.
         Después de ese día que llamamos “el encuentro internacional de primos”, casi no nos vimos más. No teníamos teléfonos para llamarnos, no sabíamos dónde vivíamos. Así que durante muchos años, en mi cabeza, todos nosotros estábamos todavía ahí, dando vueltas imposibles viendo quién alcanzaba a quién.
         La primera pregunta que me hago es por qué decidieron que nos teníamos que reunir ese día. En parte, supongo, fue más fácil delegarnos la consolidación de la familia. Un plan perfecto: aunque entre los 4 y los 7 años se complica muchísimo extender una amistad sin teléfonos ni casas cercanas, la memoria hace maravillas fijando imágenes y parentescos. Así, en una tarde, nos convertimos en primos perfectos, de esos que son tantos que alcanzan para jugar a la mancha, enloquecen a un heladero consultando todos los gustos, liberan a un perro atado a un árbol para que su dueña lo persiga, se trepan al monumento más alto de lo que pueden y tocan una punta del cielo con irreverencia; primos de los que saben que son todopoderosos en ese instante perfecto en el que se corren en bajada para alcanzar un primer puesto a pedales. Nosotros hubiéramos sido capaces de hacer guardia frente a la Iglesia hasta que llegara la decapitada: ése fue nuestro plan. Pero nuestros padres tenían otros y ahí nos despedimos con la promesa de volvernos a ver pronto. Dentro de un mes o la semana que viene. Pasaron años.

         Los cinco que estamos en la foto nos duplicamos. Nació mi hermano Nicolás. Nacieron Gaia, Vaine y Michay. Cata creció tanto como para andar en karting. En verdad, todos crecimos. Y como corresponde a gente crecida con un trabajo estable, un departamento con expensas, parejas, mascotas, una tarjeta de débito, plantas sin regar y urgencias, muchas urgencias, seguimos adelante. O algo así. A veces es fácil olvidarse de la existencia de otros. O suponer que están bien. Porque siempre es lo más fácil de suponer.
         Mientras, volví al parque millones de veces. Puedo enumerar las principales causas: una primera cita fallida debajo de los faroles; una primera cita exitosa debajo de los faroles; comprar vestidos en la feria para un corto; escuchar tocar a mi hermano en las escalinatas; visitar el museo; pedir un kilo de sambayón en la heladería de enfrente; esperar el colectivo que va a La Boca; el que va a Quilmes: pasear a mi perra.
         No me acuerdo de haber visto a los kartings otra vez. Puede ser que por eso, en cierta forma me olvidé del “día internacional de los primos”. Lo que sí, durante muchos años me acordé de la historia de la decapitada sin tener referencias de quién me la había contado.
         Hace un mes, por Facebook, me escribió mi primo Julián. En la foto, a la izquierda, peleando el puesto con Federico. Y todos nos reencontramos, salvo Nicole -por cuestiones estratégicas se le complicaba el vuelo-. A dos cuadras del parque vive Julián y es músico como Nicolás. Yo vivo a veinte.
         Comimos pizza, tomamos cerveza, hablamos de discos, de nuestros gatos, de los primos que no pudieron llegar. Nos presentamos nuestras parejas. Y así, llegamos a la decapitada. Mi hermana sacó el tema como un cuento urbano y Julián le hizo recordar los kartings y la tarde en la que a Federico se le cayó el cucurucho. Eso yo no me lo acordaba. Hay una foto, dijo alguno. Y verla fue la evidencia del paso del tiempo: del otro lado están nuestros padres a nuestra edad; y de este lado, nos miramos con la complicidad de amigos que se reencuentran en un camino de Siberia sin saber cómo llegaron a donde llegaron -tal vez un plato volador-.
         Ahora somos amigos de Facebook, vivimos a pocas cuadras, y los cinco sabemos que la decapitada existe. O eso le vamos a decir a nuestros hijos, para que se lo digan a los suyos. Porque los primos, además de correr carreras, fundan sus propios mitos. El nuestro empieza en una tarde de los ochentas cuando en Lezama había kartings y la decapitada esperaba la noche para deambular sin sol.

Jimena Repetto
Foto: archivo Familia Repetto



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