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lunes, 5 de diciembre de 2011

Ya es de noche, José María Marcos


Ya es de noche. Regreso a casa y tiemblo al evocar cierto mito urbano oído al pasar. El día es largo pero está por terminar. Alguien camina a mis espaldas, entre las sombras, persiguiéndome quizás porque no pagué el último café, que espero no sea el último. Marché del Bar La Paz con la idea de suicidarme, pero me arrepentí, y todavía sigo vivo aun sintiéndome muerto. La próxima vez no fallaré y saldré con vida de cualquier intento de muerte. Cancelaré las cuentas y hasta dejaré una buena propina. No sea que existan esos mozos seriales que acorralan a los suicidas que huyen convencidos de que podrán abandonar impunemente sus deudas. 



José María Marcos
www.muerdemuertos.blogspot.com

Foto: Matías Canelson


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de la boca para afuera, Javier Luna


la lengua de mi boca late en un nivel profundo, murmura: bajo los adoquines que aún quedan como piezas de una dentadura maltratada; detrás de las decenas de capas de pintura de los labios de las pibas las puertas las chapas las paredes; dentro de pocos de los ranchos heredados que se sostienen a la vera de un río muerto de saliva. de la boca para afuera es otra cosa: another thing. de la boca para afuera hay restaurantes. gente bien. de la boca para afuera, menos caminos para quinquelear y más peatonales para disparar máquinas con flashes y ratios de ventas. de la boca para afuera, cada tanto, tengo la sensación de que se escucha un latido, como un murmullo, pero me late que es solo una sensación. porque hacia fuera, desde la boca, no se oye más que el murmullo de nuevas voces extranjeras, barbarismos que se piensan con un dedo en la barbilla y que piden nasalmente por favor que empecemos plis con la ronda de champanes. de la boca para afuera, luigi bosca; en mi boca vino toro, damajuana. de la boca para afuera sale el grito de la moda: ¡cuero! ¡que no decaiga, arriba los pómulos! que es otoño y se usa cuero. cuero curtido, cuero cardón, cuero de negro y adentro de mi boca el olor de la curtiembre y cicatrices. de la boca para afuera, bienvenidos, colgamos los calzones de las lámparas, amordazamos la luz, y damos clima.



Javier Luna, Firmat-Buenos Aires, 1984. Intentó la carrera de Letras al tiempo que apuraba una licenciatura en el área de las Ciencias Económicas. Ha colgado en la pared, también, un diploma de Profesor universitario junto al hueco que espera el de Corrector de textos en español. Su cuento “Los Idiotas” logró el tercer lugar en el Concurso de Relatos Crepúsculo 2009 (editado en la Revista Crepúsculo Nro. 14). El relato "Atardecer naranja” integra la antología Una noche de milonga, editada por la Asociación Argentina de Tango. Tiene inédita su primera novela, Cliché.


Foto: Susana Galperín

Rendidos, Paula Bombara


¿Qué pasó que no viniste? Creí que esta vez ibas a venir. Si hasta pensé en vos cuando metí el gol. Y me subí acá para hacer la mortal cuando te viera. Pensé en caer a tus pies. Quería sorprenderte. ¿Qué habrá pasado?

Te vi buscarme. Te vi dejar que todos se fueran y te vi subir ahí. Sé que me estás esperando y sigo aquí, espiándote. Es que cuando me acerque ya no podré alejarme. Y tengo miedo.


Paula Bombara nació en 1972 en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. Además de escribir y publicar libros para niños y jóvenes, se graduó como bioquímica en la Universidad de Buenos Aires en 1997 y ejerció esta profesión hasta 2004. Ha publicado cinco novelas (El mar y la serpiente, Eleodoro, La cuarta pata, La rosa de los vientos y Solo tres segundos) y varios libros de divulgación científica dirigidos al público infantil y juvenil. Ha participado en numerosos congresos y mesas de debate sobre ciencia y literatura. Además, es la directora de la colección de divulgación científica para niños ¿Querés saber? en Eudeba. Esta última fue destacada como mejor colección de divulgación científica en el año 2004 por ALIJA. Su novela El mar y la serpiente ha sido destacada por ALIJA en 2006 y ha merecido una Mención Especial en la selección White Ravens Notable books 2006 (otorgada por la Internationale Jugendbibliothek München de Alemania). 

Foto: Matías Canelson


Basta de Demoler, Agustín Mendilaharzu



Me crié en el barrio de Belgrano, en tiempos en que todavía merecía el nombre de barrio. Mis padres, profesionales entonces jóvenes, compraron ahí una casa enorme y destruida. Con un préstamo del Banco Hipotecario, en una década de lentas obras y gran carestía remodelaron esa casa –sin saber que la estaban “reciclando”. Por aquel tiempo, mis padres nos llevaban a mi hermano y a mí a caminar por ese barrio reconquistado (“como por una recuperada heredad”, después del temporal unánime de la dictadura). Ya entonces, Belgrano era escenario de la batalla entre casas y edificios. Mi padre tomaba claro partido por las casas. Y se preguntaba por qué los arquitectos no tenían algo equivalente al juramento hipocrático que él había tenido que hacer. Por qué no pesaba sobre ellos ese mandato fundamental: Primum non nocere, lo primero es no dañar. Y por qué en un país tan inmenso era necesario demoler para construir.

Ahora tengo treinta y seis años y empiezo, poco a poco, a destilar algo que podemos llamar una obra. Y noto que esa obra está atravesada por una idea, tan vieja como la nostalgia y más vieja aún que el Quijote. Es la tragedia de quienes se saben fuertes, sabios y hermosos, pero son vistos como obsoletos por el mundo, y por lo tanto, descartados y reemplazados sin miramientos. Creo que nada en el mundo me conmueve más que esa imagen.

Hace tiempo que no vivo en Belgrano. Ahí la vieja batalla sigue, pero la balanza se ha inclinado drásticamente. Recuerdo con nitidez cuadras enteras que en mi infancia sólo albergaban casas, y hoy sólo albergan edificios. Mis padres están grandes, y la casa está grande para ellos. Hace poco recibieron una suculenta oferta por la casa; o más bien por el solar, ya que el propósito es demolerla. El barrio cambió, los tiempos cambiaron, y ese caserón ya no se ajusta a ellos. La construcción de un edificio generará inversión, empleo y vivienda para muchas familias. Y yo entiendo todo eso, pero entenderlo no evita que sienta una tristeza infinita. Hemos aprendido que todo documento de cultura es también un documento de barbarie, y que prácticamente toda construcción humana se alza sobre las cenizas de una anterior. Y sin embargo, ¿no es hora de que Buenos Aires ponga freno a esta particular barbarie? ¿No nos arrepentiremos de haber dejado que demolieran así el patrimonio de la Ciudad? ¿No hay, Buenos Aires, mucha justicia y sensatez en las ideas de mi padre?

Agustín Mendihalarzu
Foto: Ricardo Watson

Hawaiian Tropic, María Bernardello


Verito vende oro. Tiene cantidad de clientes. Vende cadenitas y anillos do oro 18 kilates en  tribunales y en un par de gimnasios de Buenos aires. Es oro bueno. La única contra que tiene es que los pagos son en cuotas y después las tiene que ir a cobrar, por eso nos vemos poco y la ayudo con el perro, le compro ropa, la mimo un poco a la pendeja. Es divina y se porta re bien conmigo. Tiene un culo que entra sola. La guacha a veces me hace sufrir por que en la semana nunca tiene tiempo para nosotros. Le ofrecí todo para que se venga a vivir a casa, pero toda su clientela está en capital, y  a ella le gusta el centro. Vive en un departamento con dos amigas. Dos aviones. Yo no sé cómo se manejan ahí las tres, en un dos ambientes de cincuenta metros cuadrados. No sabés lo que son las amigas. Una es ex diablita de independiente y estudia actuación, labura en una revista. La otra es promotora de TC. Ahí no trabaja cualquiera, todas tienen un lomazo y una altura especial.

Ayer fuimos los cuatro a tomar sol a la plaza y jugamos al tejo. Me agarré una calentura que me costó disimular. Las tres son un infierno, una mejor que la otra. Las invité a cenar, pero Verito no quiso, tenía que hacer la venta nocturna por los gimnasios. Rubia, le dije, dale, te llevo a un lugar concheto, vamos a comer sushi a Puerto Madero, a un lugarcito de esos que te gustan a vos.  La pendeja me dijo que no. Prefiere venir a casa y estar con los perros. No le puedo decir nada porque los perros son todo para nosotros. Nos conocimos así. Ella estaba paseando al Polo, cerca de casa. Cuando ví a la rubia en Banfield con ese perrazo, me enamoré. No sabés lo lindo que es el Polo, un Rothweiler bien percherón como me gustan a mí. La seguí a la pendeja tres cuadras al paso con el auto, la torturé a balazos y la invite a tomar un helado. Conectamos en seguida por los perros. Los subí, a ella y al Polo, al BM y fuimos hasta la heladería de Maipú. Me contó que Polo vivía en la casa de su mamá, porque en el depto en Recoleta no había lugar, que vivía con las amigas y blah, blah, blah. Amamos los perros. Después la llevé a casa para que conociera  a  la Wave. Movía la cola como loca. Hizo re onda con Polo. La invité a cenar a La Quintana esa misma noche y la llevé a las Torres del Lago. Me garchó como nadie. Desde ese día el Polo se quedó en casa. Ella va y viene poco en la semana. Si puedo la voy a buscar pero cuando hace la venta nocturna en los gimnasios viene tarde en combie o se toma un remís. Tiene clientes en Megatlón y en Le Park. La guacha es re simpática, vende re bien en ese circuito. Y muere por los perros, como yo, me re banca con el windsurf, es una diosa. Le gusta todo a la pendeja, qué mas te puedo decir? Somos casi una familia. Los perros se llevan bien, tenemos gustos parecidos, cogemos como los dioses y la quiero. Verito es una bestia re cariñosa.

Ayer, después de tomar sol, fuimos hasta la costanera. Me moría por cogerla pero la muy turra me hizo una paja  en el auto con el Hawaiian Tropic y le dije te amo. Me sentí un pelotudo pero la amo, posta. El fin de semana pasado me fue a buscar a aeroparque. No la reconocí morocha. La loca se había puesto una peluca. Es divina. Me tiene embobado. Martín dice que no, que estoy enconchado. Dice que es puta porque cambia de look todo el tiempo y usa lentes de contacto. Esos ojos color miel no son de ella. Parecen de verdad, pero no. Verito tiene ojos celestes comunes.

Después de la paja con el Hawaiian Tropic le di unos mangos. Andate a la peluquería y ponete las extensiones que tanto te gustan y comprate algo lindo, le dije. Me vine a Banfield, ella volvió tarde, después de hacer el circuito gym. La fui a buscar a la parada de combis en Lanús. Llegamos a casa, jugueteó con los perros y me tiró lo del viaje y éste laburo nuevo. Me dijo que empezó a laburar como detective privada de una agencia de investigaciones. Tiene que hacer un viaje al Caribe, a un All Inclusive nudista, para seguir a un chaboncito que se va con la amante. Su objetivo principal es hacerse la amiga de la minita para sacarle información. Un All Inclusive nudista? Me pareció un cuento chino, un verso de acá a Japón, pero me mostró los pasajes y me quedé helado. No me cierra ésto. Vos siempre te enamoraste de las minitas que bailan en los parlantes, me dijo Martín. Siempre con tetonas raras. Eso lo entiendo, pero la de detective privado en un All Inclusive nudista es demasiado.

Al que le gusta puta, putita, me dijo Martín. Bancatelá.

María Bernardello
Foto: Ricardo Watson


Torino, Juan Marcos Almada


Así, para algunos, estacionado en la calle, no dice nada, pero para mí que le vengo siguiendo el rastro hace tantos años, sí que dice, y mucho; a esta altura, quizás diga demasiado. Lo que sí, a pocos le importa. Un puñado, nomás.
Ése martes, a la tardecita, después de todo el quilombo de canas, periodistas y curiosos del barrio, se lo llevó la grúa derechito por Avellaneda. Hubo gran revuelo, nadie sabía qué hacer. Tenían miedo que de la noche a la mañana se convirtiera en un emblema. A este país le encantan los emblemas, y si son mortuorios, mejor todavía. Basta con el caso del cadáver de la Señora como ejemplo.
Un Torino TS cuatro puertas, colorado, un lujo para le época. Se dijo que estuvo un tiempo guardado en un garaje de la Confederación. Después le perdí la seña, hasta que me batieron la ficha de que estaba en un corralón en Boedo, todo picado a los costados. Cuando fui, ya no estaba. Y otra vez a empezar de cero, a recolectar datos, falsos, contradictorios.
Lo mismo había pasado con el Ambassador del viejo. Alguien lo encontró tirado en un barrio del conurbano. Estuvieron a punto de hacerlo chatarra, hasta que chequearon la chapa y vieron que estaba a nombre del Sindicato. Por  esa simple formalidad pudieron  recuperarlo. Los restauradores son magos. Agarran un fierro todo oxidado y lo vuelven a la vida. Como a este Torino, que por fin vengo a encontrar, acá, estacionado cómo si nada. El dueño, un pelado, ni debe saber lo que maneja. Debe pensar que es un Torino cualunque. Pobre, se va a morfar un garrón de aquellos. Pero así se dan las cosas. Las órdenes son claritas: encontrar el Toro, llevarlo al galpón y no dejar rastros.
Tiene varios kilómetros hechos. En aquella época, el petizo casi que ni lo usaba. Seguro que el pelado viaja por la provincia a competencias de exhibición, lo tiene hecho un chiche, todo lustradito. ¡Increíble!, ni un rasguño, parece mentira con los buracos que le hicieron los impactos de fal. Al menos cayó en manos correctas, lo digo por el calco de las Islas, otro emblema Nacional. Las cosas se acomodan solas, tarde o temprano. Lo pienso mientras miro en el vidrio de atrás, el reflejo de un día casi peronista, si no fuera por esas nubes que parecen humo de cigarro.

Juan Marcos Almada
Foto: Albano García


El futuro, Odiseo Sobico


El futuro es un engendro oscuro que anda escondido por acá.
Esperándote.
Bufón de la muerte: de la otra muerte. Mafiosa cuyo nombre honra el pagaré que el engendro te
convenció de firmar.
Meneando su culo o sus huevos, depende tus gustos.
Su «caminata lunar»
danza de la inquietud profesional
sobre el techo del tu kioskito doblegó el amparo que respirabas. Lo hizo chico
de goma
insuficiente
pasto de pared
candado puesto
asfixia
conformismo.
Y con solo amoldar su figura al hambre de tu mirada, te dio cuenta de lo bueno de endeudarse con
él
amándolo.
Adictivo crédito de ruidos atados a las paredes, a los titulares, a la lata o a la piedra;
con tinta, aerosoles, brocha o engrudo por vergas. Sentido novedoso para tu amparo
maltrecho y ladeado: moverse, acumular, saldar
saldar
saldar
acumular
moverse.
Sin respiro: «El futuro aguarda».
Acá.
Ese engendro.
Espera que te escories los nudillos contra el óxido de la puerta.
Espera la cancelación de otro pagaré.
La yuta macabra vendrá a cobrar y el bufón le tendrá tu cuota,
por supuesto: el engendro no falla.
Pero no podrás ver esta operación negra.
El diminuto empetrolado no meneará culo o huevos cuando te atienda, ya no, habrá perdido aquella
silueta complaciente, sólo te observará con ojos de telarañas rojas.
Y extenderá su mano.
El ruido de la puerta
luego
sonará a candado final.
Y serás pasto.
Sin darte cuenta. Sin haberte precavido.
Más pasto de
pared

Odiseo Sobico
Foto: María Paz Germán


Fiestas Molotov, Jimena Repetto


No quiero que lleguen las Fiestas y pensar
en el regalo que te compré.

Estábamos seguros
de que había que poner una molotov
en los negocios que venden bolas y guirnaldas.

Me dan ganas de llorar
sobre las luces que se encienden.


Los fuegos artificiales duran segundos
y después aterrizan
hechos carbón.

Jimena Repetto
Foto: Martín Lopo



el pequeño emperador, Lucas Soares




en china al hijo único
se le llama “el pequeño emperador”

*

el pequeño emperador es un chico
que hace durar el postre
para comerlo al otro día
y sueña con un padre alcohólico
que se lo come mientras duerme



Lucas Soares (Buenos Aires, 1974) es doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Docente de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y en el Centro Cultural Ricardo Rojas (UBA). En poesía publicó El río ebrio (Paradiso, 2005), El sueño de las puertas (Alción, 2007) y Mudanza (Paradiso, 2009). Poemas suyos aparecieron en diversas publicaciones impresas y virtuales. Desde el 2008 organiza, junto con Hernán Lucas y Esteban Bieda, las noches “Humbert Humbert” de literatura y música: http://nocheshumbert.blogspot.com/


Foto: Maruja Etzien

El Nudo, Hernán Ronsino


Ese auto, ahí. El blanco. Llegó cerca de la una de la mañana. Y un rato después, cerraron la ventanita del sexto, la manchada de oxido. Eso fue un nudo.  El descubrimiento de una ley. Yo hace unos meses que ocupo la garita. Me gusta, desde la garita, buscar ciertos patrones comunes. Una continuidad en el tiempo. Cuando empecé a trabajar – un primo de mi esposa me consiguió el trabajo: me dijo que la iba a pasar bien siempre y cuando en los momentos de conflicto me resguardara; me aconsejaba que, en lugar de hacerme el macho, tratara de salvar el pellejo; si te portás así, me dijo, el trabajo es piola. Lo único malo es el tiempo –. La primera noche la recuerdo completa, cada detalle, cada movimiento de autos y personas. La recuerdo como se recuerdan las caras en un impacto violento. A la semana entendí lo que significaba esa frase: lo único malo es el tiempo. Porque no me dejaban tener ni radio ni televisión. El tiempo, entonces, era verdaderamente un animal desesperado. Me acechaba, incesante. En la primera noche de tormenta descubrí que el tiempo tiene un ritmo. Uno debe saber moverse en sintonia. Ese edificio, por ejemplo, se parece a un barco olvidado. Y en la noche de tormenta se sacudía, el barco, con la violencia de las ráfagas. El tiempo, si uno sólo lo contempla desde una garita desvencijada, se mueve como se mueven los tontos. Por lo tanto entendí que escribir en un cuaderno los pliegues de ese sonido podía llegar a  ser una forma de empezar a  descifrar su lógica. Lo primero que vi – con la conciencia del tiempo –  fue la manera en que esa mujer joven, cansada, cerraba a la una de la mañana la ventanita del sexto piso, la manchada con oxido. Fue un nudo. La confirmación de una regularidad. Después de ese descubrimiento, esperaba la repetición de la trama. Es decir, la aparición, cerca de la una, del auto blanco, entrando por la calle lateral, despacio; provocando, el choque de las cubiertas con las piedritas, un sonido inquietante. Esa espera no dejaba de alumbrarme. Luego de estacionar y caminar abatida los cincuenta metros hasta la puerta del edificio, la mujer era devorada por el barco abandonado. Unos minutos más tarde, reaparecía asomada por la ventanita del sexto, la que tiene las persianas oxidadas, para cerrarlas. Es decir, esa ventanita permanecía abierta durante todo el día. Porque antes de las ocho y media de la mañana, la mujer abatida empujaba las persianas para abrirlas. Y, enseguida, volvía a subir al auto blanco, para hundirse en la compleja trama de la ciudad. Nunca pude descifrar el oficio. A qué se dedicaba. En el tiempo que transcurre entre cerrar y abrir la ventana, la mujer duerme. Sueña. Un par de veces me atreví a escribir en el cuaderno los posibles sueños de la mujer. Pero las dos veces escribí lo mismo: se trataba de una jaula viajando en la bóveda de un gran barco; adentro de la jaula, quieto, pero amenazante, un pájaro exhótico. Hoy, a  las cinco de la mañana, cuando una mancha de luz se estiraba detrás del edificio, el taxi – ese taxi – estacionó bajó aquel árbol. Y rompió, si se quiere, la solidez del nudo. Del taxi bajó un pibe – es un pibe, veinte años – y caminó hasta el auto blanco. Casi sin dificultad se metió en el asiento trasero, escondiéndose. Hace tres horas que está ahí. Esperando. Creo que fumó dos veces. Como se sabe, a eso de las ocho empieza el movimiento en el barrio. Pasan los chicos que van a la escuela. Los tres muchachos que cruzan, por ejemplo, el descampado para llegar a la General Paz y tomar las trafics que van al centro. A partir de las ocho arranca el movimiento. Y la mujer del sexto va a bajar, después de abrir la ventanita oxidada, como todos los días, cuando falten cinco, seis minutos para las ocho y media. Sola va bajar. Se va a prender un pucho, en la puerta del edificio. Y,  fumando, caminará hasta el auto blanco. Pasará delante del taxi como pasa la gente delante de las cosas sin importancia. Y cuando, finalmente, suba al auto blanco sentirá – como un barco abandonado siente la fuerza de una tormenta en la noche –  la mano del tiempo que aprieta como aprieta, así se dice, el puño de un tonto desesperado.

Hernán Ronsino
Foto: Taller Fotografía Barrio Piedrabuena (coord. Pablo Vitale)

sábado, 3 de diciembre de 2011

Plan de evacuación, Rafael Spregelburd


De los restos arqueológicos en Latitud 34° 28' S - Longitud 58° 28' O sobresalen dos construcciones especiales. El conglomerado o “ciudad”, como solía llamarse en tiempos de sus habitantes originarios (que pueden haber sido los “che” o los “patagones”) estaba toscamente diseñado como masas compactas de escombro y se supone que los che arrastraban con gran esfuerzo este pedregullo sobre sus espaldas para construir sus sitios de hibernación. Luego habitaban estos insólitos espacios de manera individual o grupal, pero no social, y crecían tanto como les permitía el polvo que de su propia cobertura escombrosa resultaba; consta que llenaban además el mismo espacio en el que anidaban de sus insólitas pertenencias, como cosas o sartenes. Se trata de asentamientos previos a la aparición de la virtualidad y aún anclados en el ejercicio de la escritura y la acumulación. De la acumulación brindan testimonio las prietas masas de escombro y nylon de helecho fosilizado; de la escritura se conservan raros ejemplares selectos, como el Libro Total de Bucay y el Reglamento Único de FIFA, ambos en proceso de interpretación.
Es evidente que los che planearon su fuga en estas dos oblongas construcciones, destinadas a despegarse de la tierra reseca merced a toscas explosiones de hidrocarburos. Pero otros planes los entretuvieron antes de poder llevar a cabo la tarea de evacuación.
La civilización no despegó jamás. Los motivos que los entretuvieron son, no obstante, objeto de estudio exhaustivo y de sorpresa.

Para información adicional, ver también: “Comedores de cadáveres bovinos”, “Claudia Lapacó” y “El sitial del Banchero”.

Rafael Spregelburd
Foto: Ricardo Watson


Memoria fotográfica, Ariel Magnus



Regula la apertura del diafragma y la velocidad, adelanta el zoom y hace foco, abre la toma y prueba con la cámara en posición vertical, luego en posición horizontal, con él bien erguido o algo encorvado o en cuclillas, unos metros más acá y unos metros más allá, sobre un banco, detrás de unas plantas. Al final termina desistiendo. Algo en la toma no lo convence, aunque no estaría en condiciones de precisar exactamente qué (veleidades de artista). Lo curioso es que de aquel paseo olvidaría casi todo, menos el mascarón de proa que no llegó a fotografiar.


Ariel Magnus (Buenos Aires, 1975) publicó Sandra (2005), La abuela (2006), Un chino en bicicleta (2007, Premio “La otra orilla”, traducida a varios idiomas), Muñecas (2008, Premio “Juan de Castellanos”), Cartas a mi vecina de arriba (2009), Ganar es de perdedores (2010), Doble Crimen (2010), El hombre sentado (2010) y La cuadratura de la redondez (2011).  Es traductor literario del alemán.

Foto: María Teresa Pisarri
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La Continental, Esther Cross


          Su abuela la llevó al centro, a saludar a su tío abuelo, que trabajaba en  La Continental.  Su tío abuelo tenía un escritorio entre muchos detrás del mostrador, en una zona de empleados y empleadas que se trataban como familia. El centro estaba cerca de su casa porque el taxi tardaba diez minutos en llegar.  Pero  pasaba lo que pasa con los lugares a los que una no va casi nunca: están lejos.
           Había pocas mujeres en la calle. Había palomas hinchadas por el frío.  Ni un perro.  La gente sabía a dónde iba. De pronto aparecía una iglesia.  Testigos en los bares.  Nunca veía a su tío abuelo.  Cuando las vio, se levantó de su escritorio cromado,  y fue hasta el mostrador poniéndose el saco.  Apoyó las manos como si estuviera atendiéndolas en un trámite mientras decía cosas muy cariñosas.  Su abuela lo felicitó porque hacía poco había sido su cumpleaños.  Era su hermano menor.  Le dio un beso.  También le dio un sobre.  Él lo guardó rápido en el bolsillo y cambió de tema aunque no hablaban del sobre, pero la actitud fue ésa.  Una compañera de su tío se acercó a saludarlas.  Ponderó la ropa de su abuela y hablaron de sus viajes. 
      Cuando salieron, caminaron  esquivando en tándem las islas de gente.  Pasaron por la puerta del Safico.  Su abuela le contó que  una vez, ahí,  había subido en el ascensor con  Bob Hope.  Le dijo que Bob Hope era un antipático, como muchos humoristas, famosos por  el mal carácter. Los escritores son personas de pocas palabras, los pintores combinan mal los colores al vestirse y así con todo, le dijo. Fueron a tomar algo al Paulista.   Los mozos apuraban pero  sabían atender.   Su abuela le contó que su hermano menor  siempre había dicho que sería abogado.  Una no tiene que creerle a la gente todo lo que dice, le dijo su abuela.  Ella lo quería porque era su hermano menor y por eso nunca le había creído, le dijo, riéndose.  En el Paulista había unos frascos grandes de vidrio con Biznikes Nevados de otro siglo. Y ese olor a café que supera al café cuando llega el momento de probarlo.

Esther Cross
Foto: Silvia Pichel


Nos-otros y yo en Buenos Aires (24 de marzo), Márgara Averbach


El castellano lo dice mejor que otros idiomas: “nos”, dice, y al mismo tiempo, dice “otros”. Es una palabra maravillosa y ambigua.

Durante años, desde la adolescencia, yo fui “otra”, fui la rara, la que no tenía un espacio en ninguno de los muchos círculos de los recreos. La que vivía en la frontera incómoda del Afuera, la ñata contra el vidrio, como dice el tango. Sé que todavía hoy, en la ciudad, también soy del Afuera. Pero es por elección, por origen. Soy del Sur (el más afuera de los afueras de Buenos Aires, ese lugar tan cercano al que los porteños creen en otro mundo porque queda del otro lado del Riachuelo). Eso me gusta, aclaro: me gusta volver a través del olor, las vías, el tiempo y los puentes (Alsina, Pueyrredón viejo y nuevo, La Noria, según el día, según el tránsito).

La foto, esta foto, es del centro centro. Así le decimos, para diferenciarlo de la ciudad entera (porque para nosotros, los del Afuera, Flores, Caballito, Belgrano también son “el centro”). Yo saqué esto antes de llegar a la marcha del 24 de marzo. No sé si me di cuenta cuando lo hice pero la foto muestra con claridad los muchos Afueras y Adentros en el centro centro: los que están en la fuente, la mujer y el nene, que posan para otro (no los conozco), los que están sentados de espalda, todos los que están cerca del objetivo son una Buenos Aires. La marcha, atrás, hacia el Este, hacia el río grande, es otra. Y es mi nos-otros desparejo porque yo estoy llegando.

Por eso, elijo llamar “Adentro” a las banderas del fondo y no a la fuente. Sé que podría ser al revés pero si llamo Adentro a las banderas, la foto se me hace tibia cuando la miro porque yo ya casi estaba ahí. Casi había entrado. Y lo cierto es que, tal vez porque durante años creí que nunca iba a pasarme, cuando yo estoy “adentro” lo marco en el almanaque. Sí, todavía miro con asombro, con Alegría, el Adentro, cualquiera de los Adentros que me recibieron. (Los Adentros que quise, claro. En algunos, no me interesa meterme).
El Adentro de la foto es el de las marchas: el de la ciudad recuperada de los autos para el ruido antiguo de los pasos humanos; el de los edificios de siempre, vistos por primera vez desde el territorio prohibido del pavimento; el de las canciones, escuchadas primero, repetidas después entre dientes, sin gritar, como hacemos los tímidos; el del remolino de voces de nos-otros, esas voces desconocidas y familiares al mismo tiempo; el de la sensación del espacio nuevo, más allá de las veredas, bajo los pies descuidados.

Por eso, saqué la foto. Para acordarme de ese día.
Todavía no había llegado y ahí estaba el Adentro, adelante, fijo en un futuro cercano y confiable. Esa, bajo las banderas, era yo en un instante, menos, cuando yo quisiera, yo, del otro lado de una avenida sin autos, sin semáforos. Abierta.



Texto y foto: Márgara Averbach
Es doctora en Letras y traductora literaria de inglés. Crítica literaria en Ñ. Algunos de sus libros para chicos y jóvenes: Historia de los cuatro rumbos, La luna en el armario, La charla, Las carpetas, Tucán aprende una palabra; para adultos: Cuarto menguante, Una cuadra, Premio de la Biblioteca Nacional 2008; y tres libros académicos. Primer Premio de Cuentos para Niños de las Madres de Plaza de Mayo, 1992; Primer Premio Cuentos sobre Identidad, Abuelas, 2001. El año de la Vaca fue Destacado de ALIJA en 2004; la traducción de Había una vez una vieja que tragó una vaca recibió el Premio ALIJA en 2011. Recibió también el Premio Conosur de Traducción de Union Latina (2007).


La cafetera, Alejandro Mendez


La cafetera del piso 12 echa humo, y alguien grita si el café está hecho mientras una aspiradora le impide escuchar al destinatario esa pregunta.
En el piso 6 la secretaria se prepara para bajar a fumar  y revisa su cartera. Mueve la mano de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y pone los ojos en blanco cuando encuentra el encendedor.
El pasillo de la escribanía del decimo piso,  tiene lamparitas de bajo consumo y una telaraña debajo de la placa de bronce que parece continuar el dibujo de las letras con el nombre del escribano.
El encargado de vigilancia de la torre juega con el llavero.
El estudiante de literatura, que trabaja en el call center del último piso,  saca de su mochila un libro y lee en voz alta: Vas en la blanca nube que orlándose de fuego/ de un dios es ya el ala transparente…
El hijo del escribano faltó al colegio, y se entretiene en la salita de firmas con la cámara de fotos. Advierte que las nubes son inmejorables modelos para fotografiar. Elige con criterio lombrosiano aquellas más peligrosas. Bien cerca de la ventana una nube negra toma toda su atención. Sus mejillas enrojecidas contrastan con el humo que asciende vertiginosamente.
Alguien, equivocadamente, llama a los bomberos.

Alejandro Mendez nació en Buenos Aires, el 23 de Agosto de 1965. Tradujo a Francis Ponge El Asparagus (1993).Publicó los siguientes libros de poesía:  Variaciones Goldberg (Ediciones del Dock. Buenos Aires. 2003).    Medley  (Suscripción. Larga distancia. Barcelona. 2003).    Tsunami (Crunch!  editores. México. 2005). Chicos índigo (Bajo la luna. Buenos Aires. 2007). Poemas suyos han sido incluidos en numerosas antologías y revistas, y traducidos al portugués y al italiano. Coordina  la primera curaduría autogestionada de poesía contemporánea argentina: www.laseleccionesafectivas.blogspot.com 
Su blog personal es: www.chicosindigo.blogspot.com 

Foto: Matías Canelson